AMOR ETERNO
Él, Ignacio, estaba sentado tomándose un refresco en la terraza del paseo marítimo; disfrutando del sol de la mañana y de la brisa marina. Sus ojos iban de los titulares del periódico, que tenía entre sus manos, al paseo marítimo, viendo pasear a las personas, ávidas del verano que se acercaba. Las piernas cruzadas, balanceaba su pie distraídamente.
Ella, Carmen, acababa de comprarse una crema hidratante en la tienda del paseo marítimo; caminaba distraída leyendo el pequeño texto de la etiqueta del preparado. Atajó por aquella terraza semivacía y, sin darse cuenta, tropezó con el pie bamboleante de Ignacio.
Al tener las manos ocupadas en el frasco de la crema, no le dio tiempo a dirigir su caída y la perdida de equilibrio le hizo arrojarse sobre el propio Ignacio. Él no la había visto ni acercarse, estaba mirando para el otro lado, cuando le cayó encima Carmen.
Tras el susto inicial, rápidamente intentó atraparla y evitar que se lastimara contra el suelo, cogiéndola de los brazos, pero no pudo evitar que una rodilla se hiriera contra el terrazo.
Ambos iniciaron el gesto de mirarse para pedirse disculpas mutuamente y sus ojos se cruzaron. La luz conspiró y la melena suelta de Carmen, agitada por la caída, le cubría a mechones su cara, y entre los mechones dos luceros miraban fijamente a Ignacio, quien a su vez miraba los tiernos labios bajo tan bello apéndice nasal. Ignacio sintió acelerarse su corazón.
Carmen al levantar la vista para pedir disculpas, se encontró con la mirada clara de Ignacio, sorprendido y preocupado por ella; en sus ojos brillaban dos puntos, tal vez reflejos de la mañana soleada. Un hormigueo le recorrió el estomago y irguió su pecho.
Tras unos instantes de mutua contemplación, ambos reaccio- naron y con unos balbuceos se disculparon. La una por la caída, el otro por su estúpido pie. Ella se incorporó y él, caballerosamente, la imitó. Eran de estatura similar y al verla de pie, Ignacio pudo comprobar la belleza de todo su cuerpo, embutido en un ligero traje corto floreado, alegre y juvenil. Carmen observó la conjunción del vestir deportivo de Ignacio.
-¿Te encuentras bien? -Le preguntó tímidamente.
-Sí, gracias, perdona, he sido muy torpe.
-¡No, por Dios! Huy, tienes una herida en la rodilla.
-No es nada.
-Por favor, déjame que te la vea -Ignacio, sacó un pañuelo de su bolsillo y limpió de polvo la herida. Le indicó que se sentase y con suavidad le cogió la pierna para observar detenidamente la rodilla, pero su mano temblaba, el roce con la piel de Carmen le inhibía.
-No te molestes. No es nada. -Le dijo Carmen, pero no dejaba de mirarle; cuando sintió su suave y cálida mano en su rodilla, las mariposas se agitaron locamente en su estomago.
-Espera, no te muevas, iré al bar a ver si tienen un poco de agua oxigenada o algo así, ahora vuelvo.
Carmen aprovechó su ausencia para respirar y tranquilizar su estomago y su corazón. Ignacio, lo primero que hizo al entrar en el bar, fue tomar aire, luego solicitó el material de auxilio con poco éxito y optó por una botella de agua y varias servilletas de papel. Con tan simples componentes, le lavó con cuidado la herida y le puso el pie en una silla para que le diera el sol a la herida y la secara. Se sentó a su lado, pues considero descortés que estando ella en esa postura al sentarse enfrente pudiera ella pensar que la vería zonas íntimas.
-¿Eeeee... eres de por aquí? -rompió el silencio Ignacio.
-Sí, de la zona del Centre.
-Ah, no te había visto antes.
-Ni yo a ti.
-Huy, perdona, no me he presentado, me llamo Ignacio.
-Yo Carmen. Muchas gracias por tu ayuda.
-Por favor, es lo menos... -e Ignacio se quedó mudo, sus ojos se habían quedado clavados en los de ella. Un mar de fuego, un olea- je de electricidad le invadía, estaba paralizado, colgado en aquellos dos hermosos ojos que le transmitan sensaciones no conocidas.
Carmen entreabrió los labios, no por deseo sino por tomar aire para el fuego interno que la invadía. Esa mirada fija de él, esos ojos, la cautivaban, la hipnotizaban; su cuerpo puso todo el vello erecto y la piel tomó la forma de gallina. Las feromonas hacían su efecto, la pasión se transmitía en la mirada, ambos estaban poseídos de ardor.
-Eres... eres preciosa, Carmen.
-Gracias -respondió en tono bajo y con sensación de haberse ruborizado.
Ignacio deseaba besarla, pero no se atrevía, era demasiado preciosa para que él tuviera acceso a ella, era un sueño, una diosa vaporosa.
Ella deseaba ser besada, pero enseguida se dio cuenta que un hombre como aquel no podría estar libre, era precioso, y elegante y caballeroso, y esas manos suaves y sensibles transmitan paz y cariño.
Él, sacando valentía e intentando dominar su temblor, la cogió de una mano, era como tocar el cielo, no podía ser real, pero algo le decía que tal vez fuera posible.
-Carmen... eres preciosa -repitió e inicio un acercamiento lento para besarla.
...
-¡Venga Pecas, tío, joder! ¡Qué nos pillan! ¡Hostias! ¡Písale! ¡¡Joder!!
-¡Me cago en la puta, Chini! ¡Estos no me cogen! ¡Me cago en la hostia!
-¡¡Pero que haces tío!! ¿¿¿Dónde vas??? ¡¡No te metas para la playa, que no hay salida!!
El coche irrumpió en la terraza a toda velocidad, abriéndose camino lanzando las mesas y sillas metálicas a ambos lados. Una de las sillas, tras chocar con una palmera cercana, se incrustó en el parabrisas del coche robado y El Pecas dio un volantazo brusco. El coche patrulla que les perseguía, se encontró con ellos de frente y no pudo evitar el brutal choque frontal. Salió despedido contra la única mesa ocupada de la terraza contigua.
Justo cuando los labios de Ignacio rozaban los de Carmen, mil trescientos kilos de metal manufacturado en Martorell, más 30 litros de gasolina, más dos miembros de Cuerpo Nacional de la Policía, aplastaron ese suave beso convirtiéndolo en inmortal.
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