Revista de creación literaria

Me he cansado de su sonrisa burlona y si, al menos, pudiera percibir un atisbo de envidia o admiración por las cosas bellas que yo disfruto, no me vería obligada a borrar su miserable vida de la faz de la tierra. Su muerte debe quedar impune, lo haré de puntillas. Es imprescindible para mi autoafirmación. Si alguien llegara a descubrirlo, si alguien la extrañara alguna vez, mi vida sería una gran farsa. Quedaría al descubierto mi batalla y su victoria. Sólo sé que correré el riesgo, porque dos personalidades tan distintas no pueden continuar viviendo en un mismo cuerpo. Fue en esta época cuando invitó a vivir en su ciudad a Yehudá-ha Leví, al que le unió una sincera amistad hasta su muerte.

Tiempo después supe que se llamaba Martina. Mientras la veía pasearse airosa, empedrada de soberbia, cristalina la mirada de cielo y con su faz encendida como un farol, desconocía su nombre. No había para ella barreras infranqueables, ni peros, ni cruces, solo la convicción acérrima del amor. El amor que no era mío. Mil veces pensé: "Dichoso quien pueda estremecerse entre esos brazos de ángel y perderse en el laberinto de su cuerpo".

Aunque la pasión volvía cursi mi lengua, era celestial que se me crispara el alma al verla pasar, sin el menor remordimiento por no presentirme, sin la minúscula y soslayada mirada que pudiese ponerla en evidencia ante mí. No, yo no paría sueños en su cabeza. Le dediqué las líneas privadas de mis aislamientos, de mis instantes de abrumadora y salvaje inspiración en donde, descorazonado y a la vez, enamorado, volvía transparente mi alma, en el recinto más íntimo. Ese al que ella no podía acceder, ni nadie. Verme la cara, no significaba verme el corazón.