DE PUNTILLAS
Lo he pensado detenidamente, no la soporto. Voy a matarla.
Llevo años tratando de hacerlo y confieso que en ocasiones sólo me ha frenado el hecho de que su compañía me ha resultado de cierta utilidad.
No recuerdo, ya, de qué manera entró en mi vida ni viene al caso mencionarlo. Pero desde que se convirtió en mi compañera de piso, no ha hecho otra cosa que confundirme con su extraña personalidad y sus raras costumbres. Cada uno de los desatinos que durante todo este tiempo he venido observando, han generado en mí, al mismo tiempo, un fuerte rechazo y una absurda admiración.
Hubo un tiempo en que me divertían sus repentinas salidas de tono y la rotundidad con que defiende su derecho a ser, tal como es. No podía imaginar, entonces, cuánto llegaría a detestar la forma en que sus rudos modales romperían mis momentos de espiritual placer. El gesto escrutador y la mirada despreciativa con que me contempla cuando, buscando la armonía, me entrego al disfrute de una sinfonía o me sumerjo en la literatura de algún premiado autor.
En su profunda ignorancia ha destrozado una gran parte
de mis objetos de valor. Apenas quedan 8 tazas de la docena que compré
en mi último viaje a Suiza.
No comprende que me gusta rodearme de belleza, incluso en los actos más
sencillos como el de tomar un té con nube, al llegar a casa, mientras
escucho Nessun Dorma. Se atrevió a decirme, con su lógica aplastante,
que para tomar un té, sólo necesito una.
No volverá a avergonzarme frente a mis amigos
con esa estúpida ironía con que comenta, que cuatro copas de
Oporto son más que suficientes para una casa donde nunca ha entrado
tal vino.
Su vulgaridad no volverá a perturbar el equilibrio del bello y refinado
marco que he construido para la vida que deseo vivir. No permitiré
que su realismo aniquile mi sueño, el que he forjado sobre los cimientos
de un origen que no deseo recordar.
Los valores de tolerancia y respeto, en los que no
fui educada, pero que adquirí como resultado de las lecturas filosóficas,
me obligan a aceptar su derecho a ser tan opuesta a mí. Supongo que
no he podido evitar que trascendiera mi, velada, intención de convencerla
de lo equivocado de su postura. Y su olfato callejero, más que su inteligencia,
le ha hecho percibir como invasión, mi propósito formativo.
Lo que sin duda ha provocado en ella una reacción, más de ataque
que de defensa. Pero sus férreas convicciones, terrenas e imperturbables,
le conceden la estabilidad natural, de la que yo carezco y, pese a mis esfuerzos,
continúa inmutable. Confieso, que su obstinada afirmación me
ha obligado en ocasiones a cuestionarme si seré yo quien debería
desaparecer.
Me he cansado de su sonrisa burlona y si, al menos, pudiera percibir un atisbo
de envidia o admiración por las cosas bellas que yo disfruto, no me
vería obligada a borrar su miserable vida de la faz de la tierra. Si,
al menos, su rigidez permitiera que mi ánimo no se llenara de dudas
ante su fortaleza y su desprecio, quizá...
Su muerte debe quedar impune, lo haré de puntillas. Es imprescindible para mi autoafirmación. Si alguien llegara a descubrirlo, si alguien la extrañara alguna vez, mi vida sería una gran farsa. Quedaría al descubierto mi batalla y su victoria. Sólo sé que correré el riesgo, porque dos personalidades tan distintas no pueden continuar viviendo en un mismo cuerpo.
publicación de textos | consejos para escritores | biografías | weblogs | contacto