DETRÁS DE LA SÁBANA
- ¡No etá! -decía mi mamá y su hermoso rostro desaparecía detrás de la sábana aunque quedaban sus manos sosteniendo la tela.
Pero entonces yo era sólo una pequeña bebé y no entendía que aquellos dedos eran una señal inequívoca de que ella aún estaba allí. Cuando su cara asomaba nuevamente detrás del telón con un sorpresivo " ¡Acá tá!", yo lanzaba al aire una feliz carcajada mostrando mis pocos dientes de leche y moviendo con total efusividad e incoordinación mis piernas y mis brazos, moviéndolos con todo el vigor de la alegría descontrolada que me poseía.
Después de muchos años he vuelto a ver aquellas filmaciones caseras, unas películas desenfocadas y rayadas de un encuadre inquieto, ansioso; unos mudos fotogramas de nuestro pasado que titilan en la pared abriendo una ventana por donde espiar a quienes fuimos un día.
Luego de casi cinco décadas aún recuerdo todo claramente, recuerdo que una vez mamá permaneció tras el blanco manto unos segundos más de lo habitual, pocos, pero suficientes para que yo pasara de la expectativa ansiosa a la preocupación, al temor de haberla perdido. En seguida se borró de mi boca la risotada que tenía contenida; la piel de mi pera se arrugó y se me nubló la vista mientras oteaba inútilmente el aire del cuarto en busca de su rostro, por fin una congoja en el alma me obligó a romper en un llanto desconsolado.
Es que, luego lo comprendí, el juego consiste justamente en eso, en un miedo controlado, en un peligro que no es tal, que sólo simula serlo. Las hamacas amagan lanzarte al cielo, sin embargo siguen tan unidas a la tierra como antes; se ha perdido tu madre pero enseguida la descubrís en el mismo lugar de siempre, escondida adentro del placard; parece que papá te come la panza pero sin embargo no es así, sólo te hace reír con su crunch crunch; empezás a sospechar que mamá se ha ido de tu lado pero vuelve de atrás de la sábana, creés que papá te va a dejar caer pero una vez más te sujeta firmemente entre sus brazos, entre sus fuertes y nobles brazos que han de mantenerte por siempre a salvo de todo y de todos.
Después el tiempo decoloró las filmaciones y desgajó las hojas del calendario con su viento infrenable. Yo me fui tras el amor de mi vida arrastrada por el ciclón de la juventud que me poseyó. Ustedes, mis padres juguetones, me vieron iniciar mi propia historia y de a poco se fueron diluyendo de esta existencia terrenal, fueron atravesando el umbral de la presencia corpórea, empujados a penas por la brisa lenta pero constante de la vejez.
El amor de mi vida un día se marchó, de repente; se marchó flameando tras el aire de rosas frescas de una muchacha fresca, y a mí me dejó con una ventisca helada en el alma marchita, una ventisca helada llamada desamor.
Mi mundo de ensueños se transformó en una pesadilla; mi historia a medias quedó a medias, mi proyecto de un futuro colorido se hizo un presente de desconcierto sepia.
A veces, por las noches, un vendaval de soledad me envuelve. Me siento en la cama, recojo mis piernas y me las abrazo; luego apo yo mi frente en las rodillas y ciño los brazos con mas fuerza, desean- do que fuesen los tuyos, papá. Pero no lo son. Y me siento más sola aún, cayendo desamparada y con miedo en este vacío del tiempo. Papá, mamá, los necesito, ha pasado mucho tiempo, ¿Dónde están?, vuelvan ya, aparezcan de atrás de la sábana.
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