EL CONFESOR O EL SUEÑO DEL ASESINO
Una voz áspera rompió con el silencio eterno de la casa de Dios.
-He pecado, Padre.
Nadie había allí; los santos dormían sobre sus pedestales y una fragancia a solemnidad rondaba por los bancos de la iglesia.
El Padre Baltasar, luego de una agotadora jornada, se disponía a escuchar al último mortal pecador. Esa misma voz áspera gimió y un eco sin nombre se perdió por las galerías privadas.
-¿Qué pena te acongoja, hijo? -Preguntó el Padre Baltasar-
No hubo palabras, sólo un llanto mudo que erizó al cura.
-Noto tu martirio, tu dolor ahogado. Desnuda tu alma ante Dios.
-Es demasiado Padre. Yo…no sé…
El hombre volvió a padecer un estrujamiento visceral que lo calló de golpe. De pronto, el nudo de su garganta se desató en otro gemido infernal.
-Calma hijo, estás aquí, estás en paz -Advirtió el Padre- -No, no estoy en paz. Mi alma está empapada de hiel, mi corazón henchido por la podredumbre. El horror me persigue, me acecha y ya no puedo…
El sacerdote besó la gran cruz que colgaba de su cuello y se nutrió de serenidad. Aquel hombre alucinado necesitaba el amparo de Dios.
-Cuéntame. Libérate del miedo opresor que te rasga el pecho.
Arrodillado de dolor y angustia, suplicando abrigo y piedad, el pecador desconocido se confesó sin tapujos:
-He matado, Padre.
El religioso bajó la cabeza y volvió a besar la cruz y se persignó con vehemencia. Respiró profundamente. Aquel lugar, que hacía del silencio una ceremonia, volvió a ser atravesado por las dagas del mal, que había merodeado cual serpiente ponzoñosa sus entrañas desde tiempos inmemoriales. Una brisa de espanto apagó los cirios encendidos y un frío íntimo le atravesó la columna vertebral.
-Sueño con la sangre de mis muertos -Aclaró el hombre extraño- Ella me recorre, me envenena.
-¿Por qué lo has hecho? ¿Qué negro impulso te ha llevado a ello?
-La traición. Maldita enemiga -Advirtió el ser compungido-
Las palabras del asesino confeso se endurecieron. En su voz se engendraba el miedo y el rencor. Custodio de su peor secreto y poseedor de otro triste pecado, el hombre se desarmó en explicaciones que Baltasar no terminó de ordenar en su mente.
-Como Judas Iscariote cuando traicionó a Jesucristo. Una mano amiga pronta para apuñalarte por la espalda. La confianza se disuelve en los laberintos del placer. La carne puede sobre el espíritu, Padre. La sangre limpia el engaño, pero no la conciencia. Estoy muerto en vida. El mal sueño me cierra los ojos y me quita el aire. Siento el cuchillo en mi cuello. La venganza merodea mi cama y se ensaña. Quiero morir, Padre. No puedo más con este calvario.
-¿Qué origen tiene ese terror que te consume, hijo? -Pregunta apesadumbrado-
-El sueño. Cada noche los vuelvo a matar y sus ojos preñados de perdón y pasión me persiguen como fantasmas. Yo no quería, pero mi dignidad sólo se limpiaba con su sangre.
-¿A quién le quitaste la vida? ¿Por qué cediste a ese arrebato demoníaco?
-Cuando uno ama sin restricciones, los celos se enmascaran detrás de una sonrisa falsa. Mi vida estaba en ella, ella era mi principio y mi fin. Mi fin… -Repitió amargamente el asesino- Tuve que hacerlo o el mal sería peor. Se extendería por las arterias como el veneno. Uno debe extirpar lo maligno de raíz o lo verás trepar como la hiedra. Ayúdeme Padre, me carcome el horror del sueño.
-¡Hijo mío! Los celos te han cegado y la culpa te ha conducido por el sendero de la reincidencia. Has cobrado tu traición con sangre inocente. ¡Qué infierno has erguido!
-Un infierno que se apaga con mi sangre. Todo acabará cuando el sueño se diluya para siempre. Oigo su rumor, su rumor espantado. Ella vuelve…siempre vuelve…
El hombre rompió en llanto, luego y lentamente, el llanto se fue ahogando y acabó en un hondo quejido. El silencio volvió a instalarse en la casa de Dios. El Padre Baltasar salió del confesionario, abrió la puerta contigua y se horrorizó.
-¡Dios mío! -Exclamó el confesor, persignándose-
El hombre había cortado sus venas con la saña de sus remordimientos. La sangre culpable tiñó de rojo el espacio. La vida iba escapándose de su cuerpo. Un rostro amortajado por el delirio y la culpa. Fueron unos pocos minutos. El asesino había muerto.
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