EL HOMBRE QUE SE PROPUSO SER RICO
John Cliftord Taire fue uno de los mejores boxeadores de su tiempo. De pequeño trompeaba a sus compañeros de aula y siempre se le veía dispuesto para los golpes -darlos o recibirlos- de suerte que llegó a ser considerado por los maestros como un mal chico y lo trataban siempre a distancia, amenazándole con expulsarle de la escuela y enviarlo al reformatorio de menores.
Entre los suyos pasaba hambre. Eran doce hermanos que vivían en una pequeña casa de un barrio marginal en Bradwerd Hill y el tiempo libre lo pasaba lejos del hogar, huyendo de un ambiente de borracheras -el padre acostumbraba beber directamente de la botella y al segundo trago se volvía violento- y de ofensas -la madre participaba de las curdas en igualdad de condiciones, respondiendo cada amenaza del marido con agresiones físicas-. La libertad en que vivía lo llevó a formarse como un ser independiente de la familia.
Este vagabundear por las sucias calles de Bradwerd Hill pateando latas vacías y enfrentándose con los puños a otros mataperros como él, lo condujo una mañana fría de diciembre frente a las puertas del Manager Garden, academia boxística recién abierta por un campeón retirado que buscaba muchachos musculosos y dispuestos a probar suerte contra las desgracias de la vida -la falta de buena comida diaria y un techo donde refugiarse- con sus propias fuerzas, a golpes.
John se aficionó a pegar los ojos en los cristales del Manager Garden mirando hacia adentro sin poder ocultar la tristeza. La nariz se le deformaba de tanto aprisionarla contra la lisa superficie de vidrio y seguía con sumo interés los entrenamientos que tenían lugar encima del cuadrilátero formado por sogas sujetas en postes de hierro. Se consideraba capaz de resistir mayor cantidad de golpes que aquel moreno que pidió al entrenador detener la pelea; creía tener mayor fuerza en la pegada que este fortachón sudoroso, cansado, que rogaba un poco de agua agitando sus largos brazos. Se sentía en condiciones de convertirse en un vencedor.
Durante las vacaciones escolares, John Cliftord Taire no se perdió una sola sesión de entrenamiento del Manager Garden. Mientras miraba hacia adentro por los cristales su mente trabajaba pensando en la manera de acercarse a Mr. Brooks, viejo campeón de los pesos completos en los estados sureños, hombre bastante huidizo e inabordable.
Hasta que una tarde Mr. Brooks necesitó salir a la calle enmedio del entrenamiento y entonces reparó en el rapazuelo de bíceps musculosos que había seguido sus pasos desde el momento mismo que empezó a alejarse del ayudante encargado de continuar el trabajo con los boxeadores durante su ausencia hasta el instante que el portero, un anciano canoso de mirada adulona, le franqueó la salida con zalemas de respeto.
-¿A quién esperas? -indagó Mr. Brooks casi con violencia aprisionando el hombro del muchacho. Este lo veía de cerca por vez primera y se estremeció. Se trataba de un gigante, con la nariz y las orejas deformadas como todo boxeador.
-Señor trató de no titubear John Cliftord Taire; si causaba una mala impresión al manager del Garden sus sueños de grandeza explotarían como un globo-, quiero aprender a pelear.
Mr. Brooks no contestó de inmediato. Estuvo contemplando al muchacho con calma como si se tratara de un perro de raza. Una de sus manos se movió hacia la zona de la cabeza, amenazando con abrirle la boca y valorar la calidad de sus dientes, la fortaleza del mentón y la capacidad para esquivar un bofetón suyo. Al parecer, desistió a última hora, porque llevó la mano de nuevo hacia atrás y la introdujo en uno de sus bolsillos.
-¿Tus padres te autorizan?
-No tengo padres.
-¿De qué vives?
-De la seguridad social y la caridad ajena -mintió el jovencito.
El boxeador, quien había logrado la victoria en casi un millar de peleas, hizo un breve silencio. Estuvo a punto de sentir lástima y conmiseración; sin embargo, le dio un manotazo a sus sentimiento.
-¿Sabes que este oficio requiere de hombres bien machos? -Lo he aprendido durante los seis meses que llevo mirándo- lo a usted trabajar desde aquí afuera.
El viejo campeón quedó sorprendido. En sus tiempos de boxea- dor activo ningún fanático le había hablado con tanta admiración.
-Entra y espérame. Te voy a ofrecer una oportunidad -fue lapi- dario Mr. Brooks dándole la espalda.
Corría la terrible depresión de los años treinta aunque John Cliftord Taire no era consciente de ella debido a su edad: a los quince años la vida se la mira desde el ángulo del optimismo y no se piensa en la derrota ni en las dificultades. Había abandonado por voluntad propia los estudios considerando que las matemáticas y otras ciencias no le servirían para enfrentarse al mundo; odiaba a los maestros porque sólo pretendían formar ovejas aptas para las manadas y a sus padres que sólo se ocupaban de emborracharse. Día tras día, salía a recorrer las entonces empedradas calles de Bradwerd Hill en un trote que comenzaba siendo suave y al cabo de las dos horas se convertía en carrera desenfrenada. Terminada esta primera parte del entrenamiento, el jovenzuelo tomaba un frugal de- sayuno junto a los restantes pupilos y comenzaba la sesión técnica. Mr. Brooks, un negro de estatura monumental y sonrisa cínica, insistía con suma brevedad en sus conceptos pugilísticos.
-Los golpes bajos hay que saber colocarlos -decía-. Deben ser tan precisos que el árbitro no los descubra. Porque tienen que aprender que resultan necesarios para ablandar al contrario.
Durante los combates de entrenamiento, demandaba:
-¡Acción! ¡Quiero acción y no amagos!
Al finalizar, Mr. Brooks se retiraba sin hablar con
ninguno de los alumnos. Cada día eliminaba uno o dos por considerarlos
unos incapaces y esto le granjeaba enemistades que dañaban su tranquilidad.
Se refugiaba dentro de sí mismo, volviéndose impenetrable. John
Cliftord Taire intentaba abordarlo, hacérsele simpático para
ganar su
buena voluntad y convertirse en su amigo.
Hasta que una tarde de otoño la suerte le recompensó tanta perseverancia.
-Johnny -trató de dulcificar Mr. Brooks su habitual carácter distante-, ven a mi oficina.
Dentro del pequeño local se estaba distinto que en el terreno de carreras y el cuadrilátero limitado por sogas. Aquí Mr. Brooks se permitía sonreír.
-Muchacho, eres el mejor alumno que he tenido nunca.
John Cliftord Taire sintió que una cálida corriente recorría todo su cuerpo. Estaba eufórico, orgulloso de haber llamado al fin la atención de Mr. Brooks.
-Y te propongo que trabajes conmigo.
El joven creyó que iba a caerse por el mareo que le producía la emoción. Nunca antes se había sentido tan dichoso.
-Desde luego, sabes que aborrezco a los flojos y si te ablandas tendrás que largarte para siempre.
El viejo campeón no había llamado al joven para escuchar sus opiniones. Dio por terminada la entrevista señalando hacia la puerta.
-Mañana tomas el día libre y el sábado te corresponden los cuatro primeros turnos de trabajo.
Por diez dólares semanales estaba obligado a servir de acompañante dentro del cuadrilátero de los boxeadores experimentados y maduros, soportando sus golpes de entrenamiento sin proferir queja alguna ni ripostarlos.
Al año siguiente ya Taire no sentía el rigor de su trabajo y hasta se permitía emplear parte del tiempo libre en entrenarse él mismo como boxeador. Porque se había propuesto convertirse en un campeón. En un triunfador.
La muerte se encargó de brindarle una nueva oportunidad a John Cliftord Taire para que lograra ver realizados sus sueños. Sueños no tanto de llegar a ser una personalidad pública, de alcanzar fama, como de tener dinero en abundancia. Era una época de crisis caracterizada por el elevado valor de un simple billete de cinco dólares que tiempos atrás se tomaba hasta para prender cigarrillos.
Mr. Brooks lo hizo entrar a su oficina como otras veces.
Ayer murió en un accidente de la carretera nacional Osmar Cuevas Montero. ¿Lo sabías ya?
Cuevas Montero, un chicano que en doscientas peleas
sólo había perdido seis, era el mejor pupilo de Mr. Brooks.
Pero ni aun así el viejo entrenador se dejaba vencer por la tristeza.
Se lamentaba de no tener a nadie en condiciones de enfrentarse el siguiente
sábado a Kid Manos de Hierro, campeón de Alabama. El que lo
derrotara
tendría derecho a convertirse en su retador.
-¿Te atreverías a batirte con él? -le preguntó con sorna Mr. Brooks lanzando un escupitajo contra la superficie reluciente del piso-. Estás haciendo justamente su peso y los golpes de tu puño izquierdo podrían enterrarlo en la arena en el primer asalto de la pelea.
-Usted sabe que estoy cansado de recibir sin dar -le dijo en tono ambiguo el jovenzuelo, como si en realidad hablara en sentido filosófico y no sobre un asunto tan terrenal como liarse a trompadas.
-Si te ablandas el sábado frente a Manos de Hierro -sentenció Mr. Brooks, dando por sentado que las palabras de John eran una respuesta afirmativa a su pregunta- no vuelvas más por aquí. Ahora toma estos diez dólares que te regalo y pégate un buen almuerzo en el Nano´s bar. Mañana empezaré contigo una sesión especial de entrenamiento. Considera que hemos firmado un contrato para que le ganes la pelea a Kid Manos de Hierro. Y no olvides lo que te he dicho sobre los que firman contrato conmigo: o salen vencedores o se entierran en la mierda.
La victoria de John Cliftord Taire frente a un boxeador tan agresivo como Manos de Hierro, luego de diez rounds de golpes inmisericordes de ambas partes, lo convir tió en el boxeador más importante del Manager Garden. Ahora era el protegido de Mr. Brooks, su amigo personal incluso, y ganaba treinta dólares semanales. Dejó de ser acompañante encima del cuadrilátero: ahora él mismo tenía acompañantes, muchachos necesitados de dinero que se dejaban aporrear gustosos por él a cambio de la paga semanal.
Los triunfos fueron modificando su carácter.
-Conmigo no hay quien pueda -acostumbraba decir cuando se hacía servir un almuerzo de potentado en el Nano´s bar.
Ya no era el tímido muchacho de antes, sino el típico triunfador norteamericano, el jactancioso retador de Manos de Hierro que se preparaba para la gran pelea dentro de dos meses.
-El que me aguante un minuto encima del ring sufre un infarto -se jactaba en los momentos de descanso.
Más de un boxeador del Manager Garden cayó en la trampa de dejarse triturar los dientes sin sentido porque realmente nadie podía soportar sus golpes.
Hasta que llegó el día del combate que lo puso en camino de convertirse en el campeón de Alabama. Meses después lo fue de todos los estados sureños. Y más tarde el campeón de la Unión Americana. Hasta que comenzó a viajar por otros países, aumentando de manera paulatina la cifra acumulada en su cuenta corriente del City National First Bank.
En 1934 derrotó al campeón mundial Jerry
Simpson en memorable pelea celebrada en el Austin Best Garden, gracias a lo
cual ingresó un millón de dólares en el banco luego de
haber liquidado los impuestos al fisco. Desde entonces su rostro empezó
a salir fotografiado en todos los periódicos y su fama atravesó
la frontera de los
Estados Unidos llegando a los pequeños países del Caribe, el
resto de América y Europa. En Italia lo vieron pulverizar en tres asaltos
a Bibi Garrini, el ídolo siciliano. Madrid sufrió la amargura
de contemplar un triste espectáculo: Antonio Fernández Paz,
campeón nacional, no resistió un minuto de pelea.
Cuba, Argentina, Portugal, Colombia, Francia... expusieron sus mejores pesos completos al joven e imbatible Kid Puño Asesino, como era conocido ahora John Cliftord Taire en el mundo del pugilismo. El resultado de tales combates era siempre el mismo: nadie podía derrotarle.
Una mañana calurosa de agosto del año 36 Kid Puño Asesino se levantó temprano como de costumbre. Un criado ayudó a vestirlo y la mucama le trajo la taza de té helado que siempre bebía antes de iniciar el entrenamiento.
Salió a tomar el aire mañanero. Ya dentro
del jardín de rosas francesas respiró altanero y satisfecho.
-Soy rico -comentó en voz no muy alta-. Enormemente rico.
¿Qué más puedo desear?
Hizo una mueca de disgusto.
-Claro que me falta algo: derrotar a Müller, el maldito alemán, el último de mis contrincantes. Al único que no he puesto todavía a comer arena con su sucia boca. Sólo cuando lo logre, podré decirme a mí mismo que soy el campeón del mundo.
Cuando se disponía a iniciar la carrera alrededor del inmenso jardín por una pista preparada especialmente para él, entreabrió la boca como en busca del aire que le faltaba. Agitó los brazos tratando de llamar la atención de sus criados pero no logró articular ninguna palabra.
Sólo tuvo tiempo se saber que algo había explotado dentro de su pecho.
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