EL SEXTO CONTINENTE
La tierra comenzó a temblar. Un movimiento sísmico y global igualó al planeta un día y una noche. Si el sol encandilaba un hemisferio y la luna alumbraba pálida la otra ración terrenal, no le haría diferencia, la humanidad estaba enclaustrada en algo que parecía ser un sismo mundial.
La magnitud no superó a la extensión del movimiento, era lánguido y tenue, pero constante. Teníamos la sensación de que la tierra era un vientre materno a punto de parir a su simiente, cuyas contracciones agitaba en su jadeo, nuestra aterrada existencia cuestionada.
El mundo detuvo su andar agitado, incluyendo a la gran Babilonia que no salía de su asombro, que no daba abasto su esfuerzo cognoscitivo para explicar a sus colonias, la inverosimilitud del fenómeno.
Geólogos doctos se aferraban a sus avezados parámetros, que frente a lo ignoto, eran precarios y obsoletos. Nosotros, como resto del mundo, solo nos aferrábamos a prestar vista y oído a emisoras confusas que vociferaban el caos y dilataban el temor.
Me recuerdo sentada frente al tablero, y escribiendo con una compulsión inexplicable aquel fenómeno que empujó mi psiquis, dentro de una cápsula literaria para canalizar aquel hecho, que lejos de llenarme de pánico, me colmaba de asombro y esperanza. Luego supe porque.
Algo se estaba gestando y yo lo sabía. La intuición tomó el lugar de la musa y me dictaba el pensamiento, para luego fluir en la palabra impresa. Como la energía eléctrica iba y venía, y luego más se iba que venía, apagué mi computadora, tomé lápiz y papel y confié mis ojos a la luz de un candelero. Me autoproclamé testigo de lo que estaba sucediendo y documentaba lo que vivía, sentía y pensaba:
"La Tierra era una mujer despojada de su honra, fue ultrajada, sometida, mutilada y dividida en cinco partes desiguales, para incomunicarse entre ella misma.
Y no previo su verdugo que ella era una mujer, que en sus fertiles entrañas podia fecundarse...ALGO..."
Allí me detuve mientras seguía agudizando mis cinco sentidos, dejé el lápiz sobre la mesa, miré mi mano derecha y mis cinco dedos...y pensé en los cinco continentes.
La noche se refugió en esta parte del hemisferio, y junto con ella el periodo completo de veinticuatro horas de aquel movimiento sísmico. Entonces comenzó a emerger. En el medio del océano, una gran extensión terrenal, salía de las aguas haciéndose lugar entre pequeñas islas. Primero dejó ver una diadema cuya mayor elevación, se manifestaba en un cordón de sierras, luego se asomó una plétora de vergeles que obedecían el capricho del suelo. Y así, como asumiendo su magnificencia tan bella como enigmática, se mostró completa instalándose sobre la faz de la tierra.
Lo que no tenía en extensión lo tenía por belleza. Emergió desde la nada, pero era decir desde el todo, su útero gestacional era un abismo azul de cálidas aguas amnióticas, en donde había flotado su magnifico heredero.
El temblor había terminado como así también, el pánico global que mantuvo en vilo a la humanidad, la Tierra había cesado sus contracciones y había dado a luz aquel esplendoroso vergel. Los devotos de una Atlántida perdida exclamaron «hete aquí» «¿quién osará dudarlo ahora?» Pero una simple cuestión de extensión aboliría aquella teoría: la utópica Atlántida sería mayor que Asia Menor y Libias juntas, la dimensión no coincidía. Descartada aquella hipótesis, simplemente se debía aceptar que aquella masa maravillosa de tierra, nunca antes había reinado en la superficie.
Entonces seguí escribiendo: "Y ella parió a su hijo, no fue fruto del amor, el dolor también gesta... el dolor es una savia que procrea y nutre... y cuando eso sucede da a luz su vástago y le pone un nombre, lo llama LIBERTAD"
La gran Babilonia deseaba despuntar su vicio una vez más y se lanzó a la conquista del edénico lugar, llevaron su bandera salpicada de estrellas para apuñalar la sierra mayor y tomar posesión de aquella misteriosa tierra.
Llegaron, no fue tan difícil, estaba tan cerca de sus dominios, que pensaron que les pertenecía por ley de proximidad, o tal vez por una ideología que nunca se animaron a decir, pero que no se cansaron de manifestar: «lo que es tuyo es mío, y lo que es mío es mío».
Tanto se ufanaron de la posesión, que apenas repararon en aquella casta belleza, mezquinaron sus ojos al bucólico paisaje. Entonces, el conquistador mayor, asió la bandera y cuando estuvo a punto de hincarla, se sintió una voz de «alto».
Detrás de la loma mayor de aquel espléndido paisaje, se asomó un extraño hombre acompañado por una multitud que al juzgar por apariencias eran nativos del lugar. Sus ojos de café granado resaltaban la piel glasé, que parecían haber sido pinceladas con el lodo, y luego besadas por el sol.
Lentamente el extraño hombre se acercó, fijó sus ojos penetrantes
en el conquistador sorprendido y con voz firme le dijo:
- Podrás clavar tu bandera en la luna, buscarás otros planetas, y aún así, tu sed de conquista no será saciada; pero jamás has de conquistar esta porción de tierra-
- No sabíamos que estaba habitada - le respondió el conquistador.
- Pues ahora lo saben. Ve y anúnciale al mundo que seremos libres de conquistas, de sometimientos. Es decir: libres de todo mal-
El colonizador, intimidado por la firmeza de aquellas palabras, bajó lentamente su bandera, miró a sus hombres y dio la orden de retirada.
Llegaron a la costa, ingresaron al navío que los trajo, y desvanecieron su imagen en alta mar. Sobre la rivera, una columna de nativos orillaba la costa con el sol a sus espaldas, y delineaba su sombra sobre la arena dorada.
Los intentos por apoderarse de aquella tierra, continuaron una y otra vez, pero siempre fallaban. Había algo en ella que seducía a los dioses terrenales, estos estaban dispuesto a todo para apropiarse de aquel pequeño "Sexto Continente", así fue su nombre de bautismo.
Muchos eran los mitos que nacieron en su entorno, algunos decían que en aquella tierra exótica, las personas poseían el mágico don de no ambicionar más de lo que necesitan para el básico sustento.
Otros conjeturaban que allí crecía una extraña planta, que podía curar cualquier enfermedad, la que fuere, incluso la Peste Piedra, flagelo que la mitad de la humanidad venía sufriendo, y se manifestaba con síntomas irreversibles: endurecimientos de la aurícula izquierda y perdida parcial o total de los sentimientos.
No faltaron los que afirmaban que aquella gente, se comunicaba de una manera distinta a la nuestra, un lenguaje llamado "argotmusical" hablaban en sinfonia, por eso, los que pudieron comunicarse con ellos por primera vez, nunca dejaban de hacerlo, querían aprender cada vez más.
Pese a todas estas creencias, el mundo no era consciente, de que la propia tierra era madre de esa tierra, algunos estaban completamente enajenados del verdadero motivo por el cual El Sexto Continente había nacido, lo tomaban como un parámetro de discordia y ostentación, por su quimérica cultura.
Con el correr del tiempo, se acostumbraron a verlo allí, como una suerte de Meca donde el honor hallaba su santuario, para muchos fue una lumbrera en un oscuro sistema que intentaba confundir ideas.
Así viví esa historia, todavía no he podido ir a conocer aquella tierra, está muy distante de mi espacio físico, pero he podido comunicarme con algunos de sus habitantes, y comprobé que es verdad, que hablan en sinfonía, por eso después del primer contacto, seguí comunicándome.
Y ellos....y solo por testimonio de ellos, supe que si tenían el mágico don de no ambicionar más de lo necesario para su básico sustento. La exótica planta que curaba todas las enfermedades, incluso la peste piedra, también existía. Crecía en la sierra mayor, abundante y generosa.
Muchos hacían largos viajes para curarse de la Peste Piedra, y luego regresaban a su mundo, recuperando en forma total sus sentimientos, pero no se animaban a contar que allí se curaron, el día que alguien hizo la confesión, fue acusado de traidor a la Patria Universal, por eso optaron por "la cultura del silencio".
Esto es todo lo que sé de aquella indómita tierra, es todo de lo que puedo dar fe...y puedo decir que mereció llamarse "El Sexto Continente" Aunque los nativos del lugar son muy modestos y dicen que es una isla, la llamaron Cuba y su bandera flamea con los vientos caribeños majestuosa y digna, haciendo brillar su única estrella.
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