EN LAS PUERTAS DE TÁNGER

"No sé, no dejo de pensar, no dejo de pensar, qué quiere decir todo este viaje, qué sentido tiene, y qué buscamos, un hermano, un hermano del que no sabemos nada, a lo mejor buscamos un hermano muerto, a lo mejor ya se murió, la gente se muere joven como tú ya sabes. Treinta años son muchos años. Y en Marruecos con todas las drogas, vete a saber a cuantos matan".

"Yo también pienso sin parar".

Pedí un whisky a la azafata, una botella entera, vasos y hielo. Invité a todos. A pesar de que J&B no es el güisqui que más me gusta,
a todos nos gusta el güisqui, y era una buena excusa para calmar la tensión.

1974. La familia se dispersó, unos a Jerusalén, y yo me quedé en Madrid para acabar los estudios de medicina. Después el sueño fue alejándose, la distancia entre nosotros se ensanchó, el lenguaje empezó a cambiar, su lenguaje, el mío, el lenguaje de mis hermanos. Hablaban de cosas que no entendía, que no podía entender, que no quería entender, discriminación, racismo, opresión, pero mi madre no quería ni oír de emigrar a otro país, a ningún sitio fuera de Jerusalén, muchas veces propuse que se vinieran a Madrid, aquí os las arreglareis bien, el dinero no es un problema.

Pero un año pasó y después otro año, una excusa y otra excusa, los hermanos más pequeños tendrían más problemas en adaptarse a Madrid que si hubiesen llegado directamente de Tetuán. Tienen nuevos amigos, decía mi madre, y hablan Hebreo, y eso es lo importante, lo importante es que hablemos Hebreo. Tal vez en eso sí tenga, pero muchos amigos no tenían, eso si que lo sé, siempre lo supe. Muchos de los amigos están aquí en Madrid no sé por qué sigo pensando en todo esto. Tal vez para escaparme de mí mismo, de la situación en la que estoy, de la muerte de mi padre, del testamento extraño que nos dejó, Corro en mis pensamientos, y cada vez vuelvo a este hermano extraño, mi medio hermano ¿Qué le diré cuando lo encuentre, ¿Qué? Tal vez, simplemente nada. Soy yo el que debe hablar, el hijo mayor, tengo que empezar yo, aquí estás, Yosef, tú, hijo de mi padre, no
sabía que mi padre tenía otro hijo, pero él sí se acordó de ti y te nombró en esa herencia, aquí, ves, firma, y recibirás cien mil dólares, tal vez un poco más, y eso es todo, somos hermanos, muchas gracias, estamos contentísimos de haberte encontrado pero no nos veremos nunca más. Recibirás un cheque de nuestro abogado, dentro de un mes o dos, hasta que arreglemos todos los formularios jurídicos, eso es todo.

Tal vez eso es lo que pase, y tal vez. ¿Qué? Me pondré a llorar, le diré que es el sustituto de Israel, el que nació en el medio de la guerra de los seis días y murió en la guerra del Líbano, fue el único israelí de la familia, amó la tierra y su lengua, el único y se murió en el Líbano, y ahora, tú, tú ,Yosef, tú, Yosef eres mi hermano, lo entiendes, eres mi hermano, y ya está.

Así pasará todo, y tal vez no, nada, tal vez encontraremos su dirección y le enviaremos una carta, las cartas son más simples, es más fácil, quien soy, tengo cuarenta y siete años, para qué necesito un hermano ahora, tengo ya un hijo, ¿para qué necesito un hermano?

iEso es lo que todos nos preguntamos." Dijo Silvia.

"Y entonces qué, y si buscáramos su dirección y le mandáramos una carta, si está de acuerdo nos enviará una carta de su abogado, si no, hemos hecho lo que nos pidió en el testamento, ¿no?..."

"No has pensado que tal vez papá quería que lo encontremos, que lo veamos, ¿No has pensado en eso?"

"¿Yo no sé lo que él quería? Papá esta muerto y no podemos preguntarle nada. O tal vez hablaste con él y te dijo algo sobre todo esto, estaba mas cerca de ti que de todos nosotros, y de Ruth, no de mí, no tanto de mí, habló de esto contigo".

"No. Nunca. Nunca de una forma precisa, pero hay algunas frases que me dijo que tal vez tengan que ver con todo esto, o ahora tienen un significado nuevo, tal vez, tal vez lo imagino. Hace un año me dijo que si se muere antes de mamá, que nos ocupemos de ella, y insistió en que no hablaba de dinero, a veces me decía que dejó en Marruecos mucho más que dinero. Tenía frases raras que tal vez ahora toman un significado diferente".

Llega la comida, Silvia pregunta si la comida es casher y la azafata de Iberia dice que en este vuelo todas las raciones son casher. Hay algo que hacer durante el vuelo. La comida en los aviones son más una ocupación que alimentación. Vienen a llenar las largas horas sentados y sin nada que hacer. Pero los pensamientos no me dejan mientras intento con mis mejores cualidades abrir el paquete con la comida sin caer nada en mi ropa o en la de mi hermana, todavía queda un poco de güisqui, pero la comida falta de sabor de una forma exagerada, no son como los almuerzos en Air France a Nueva York, aquí nos llega de Nueva York, Isaque, nuestro homeópata, seguro que empezará a discutir conmigo otra vez sobre como enveneno a mis pacientes, pero la verdad es que cada vez doy menos antibiótica a mis enfermos, y menos medicamentos, ya entendí que el noventa por ciento de ellos lo que quieren es compartir conmigo sus problemas, más que curarse de sus enfermedades, a ellos tampoco les gustan mucho los medicamentos y mas de la mitad de estos llegan a la basura: Ser médico de familia es bastante agradable, hay más tiempo para hablar con el paciente, más que un médico generalista, y a veces se puede aprender los problemas de toda una familia, y en muchos casos eso es interesante. Él es el único que viajó a Tetuán desde que la dejamos, y dijo que el dinero no le es nada urgente, pero quería venir con nosotros, vernos de nuevo en nuestra ciudad. Y tiene razón, todos estos años nos escapamos de la ciudad, todos nos
escapamos como si fuésemos la mujer de Lot y si nos atreviésemos a ver hacia atrás nos convertiríamos en una estatua de sal, de qué teníamos tanto miedo, de Madrid o de París, es sólo un vuelo de un par de horas, podía haber ido para un fin de semana, eso es lo que me pedía siempre mi mujer, entonces en los días que me amaba, muchas veces me pidió que viajásemos un fin de semana, y mi respuesta siempre fue, qué tengo yo que buscar allí, podemos ir a París, a Nueva York, a Madeira, a Sri Lanka, a la India, a Madras, a Teherán, a cualquier sitio, a cualquier sitio y no a Marruecos, y no era sólo yo el que respondía así, era la respuesta de mi padre, de mi madre, de todos los hermanos, ¿qué se nos perdió allí? Todo, digo yo, todo se nos perdió allí.

"¿Te emociona volver a Tetuán?"

"No es que sea en las mejores condiciones. No sé, toda la vida me escapé de este momento, pero sabía que un día tenía que volver, cerrar un círculo, acabar ese capítulo. No pensé que pasaría así, que volvería a buscar un medio hermano del que no sé nada, no sé si es el momento más adecuado, pero por lo visto lo es, porque estamos viajando hacia allí, Tel Aviv Madrid Málaga, Tel Aviv Madrid Málaga.. El trayecto opuesto al de 1974, yo en esa época ya estaba en Madrid pero ya leí mil veces en los libros de Alberto sobre esa mañana que se despierta en Restinga y viaja a Ceuta. Como si hubiese estado allí. ¿Cómo lo recuerdas tú?"

"Yo estaba contenta. No olvides que fue después del golpe de estado fracasado de Ofkir, en esa época hubieron muchos intentos de matar al rey, y nosotros temíamos que si esto pasara, sería algo malísimo para nosotros. Fue un alivio. Recuerdo que desperté a Israel y le llevé en mis manos, medio echado, al coche, mamá llevaba a Ruth, mientras papá hablaba con el chofer, mientras el sol se levantaba sobre el mar. Era impresionante. En la frontera estábamos un poco asustados, de que pasara algo, papá sobornó a un policía, todos dijimos que íbamos de vacaciones a Palma de Mallorca, al final llegamos a Palma de Mallorca hace dos años, papá, mamá, mi marido y yo, y también vino Ruth y su marido, lo pasamos bien, lástima que no viniste tú, fueron unas vacaciones fabulosas".

De pronto se cayó, justo cuando pensaba que iba a darme muchos detalles, frases, recuerdos del viaje medio familiar, se silenció. En su cabeza las cosas están muy claras, la casa, el marido, los tres hijos, estabilidad francesa típica, todo es seguridad, las cremas dan seguridad, París, la securité sociale, la casa, los dos coches, el marido y su seguro de vida, los niños que irán a estudiar en una école de buena categoría, todo está bien arreglado, y yo lo que soy es un lío enorme, mi matrimonio es una locura. Nadie sabe nada de eso, nadie sabe lo que me pasa, y tal vez piensan que estoy dentro de un gran ese momento, pero qué sé yo de lo que pensaban mis padres, sobre qué soñaban, tal vez ellos tampoco sabían de donde iban a tener dinero para llegar a fin de mes, o que no saldrían de la ciudad a tiempo y matasen al rey y todo se derrumbase. Para mí, con mis diez años, eso me parecía lo más seguro del mundo, lo más claro, nunca oí a mi madre preocuparse por dinero, como mi mujer, y tenemos más que lo que tenían ellos en esa época, y tenemos medicina social y médicos privados, y todos los seguros del mundo, y no nos basta, no estamos contentos, tiene que ir a la peluquería más cara, a las tiendas más caras, no sé a donde, sólo veo como cada mes pagamos más a las cartas de crédito y no puedo decir nada, es también su dinero.

La casa no es un sitio seguro, no es segura como parecía antes, era el símbolo de la seguridad, como el símbolo de la libertad, el sitio al que siempre se puede volver cuando los cielos se llenan de truenos, más dinero igual a menos seguridad, más facilidades, más servicios evidentes, agrandan el miedo de perderlos. A lo mejor me abraza, quiero que mi hermana me abrace porque no la abrazo yo, por qué no, simplemente poner mis manos alrededor de ella, seguramente sonreirá, se pondrá contenta, pero no puedo, no puedo abrazar, no puedo dar amor. Sonrió, mi hermana, quiero decir, mi hermana, dónde está el amor que amamos cuando éramos niños, los abrazos que nos abrazamos, las discusiones que discutimos, los paseos que paseamos, dónde estamos, por qué estamos tan lejos, Jerusalén, París, Madrid, Nueva York, dispersos en medio globo, quinientos años amor, un gran amor que no tiene fin. Y tal vez piensan que no necesito la herencia, que me basta con el dinero de mi mujer, y de mi trabajo de doctor, ¿me basta para qué? Para pagar la hipoteca de mi casa en la calle Pedro Teixera, el coche grande, el ordenador de la niña, quien sabe para qué es suficiente qué, no es suficiente para crear felicidad, no es suficiente para recrear la sensación de calor de un día de Pascua, cuando volvemos de la sinagoga y sentimos el olor de los platos pascuales, la casa limpia, las mujeres vestidas con sus mejores vestidos, tal vez en ese entonces la vida tenía significado, tal vez sólo en ese momento, pero qué sé yo de lo que pensaban mis padres, sobre qué soñaban, tal vez ellos tampoco sabían de donde iban a tener dinero para llegar a fin de mes, o que no saldrían de la ciudad a tiempo y matasen al rey y todo se derrumbase. Para mí, con mis diez años, eso me parecía lo más seguro del mundo, lo más claro, nunca oí a mi madre preocuparse por dinero, como mi mujer, y tenemos más
que lo que tenían ellos en esa época, y tenemos medicina social y médicos privados, y todos los seguros del mundo, y no nos basta, no estamos contentos, tiene que ir a la peluquería más cara, a las tiendas más caras, no sé a donde, sólo veo como cada mes pagamos más a las cartas de crédito y no puedo decir nada, es también su dinero.

La casa no es un sitio seguro, no es segura como parecía antes, era el símbolo de la seguridad, como el símbolo de la libertad, el sitio al que siempre se puede volver cuando los cielos se llenan de truenos, más dinero igual a menos seguridad, más facilidades, más servicios evidentes, agrandan el miedo de perderlos. A lo mejor me abraza, quiero que mi hermana me abrace porque no la abrazo yo, por qué no, simplemente poner mis manos alrededor de ella, seguramente sonreirá, se pondrá contenta, pero no puedo, no puedo abrazar, no puedo dar amor. Sonrió, mi hermana, quiero decir, mi hermana, dónde está el amor que amamos cuando éramos niños, los abrazos que nos abrazamos, las discusiones que discutimos, los paseos que paseamos, dónde estamos, por qué estamos tan lejos, Jerusalén, París, Madrid, Nueva York, dispersos en medio globo, quinientos años nuestra familia vivió en el mismo sitio, en dos kilómetros cuadrados, íbamos de casa en casa, pero en el mismo sitio durante quinientos años, y ahora estamos a cinco mil kilómetros de distancia, el mundo tal vez se ha hecho mas chico, se puede visitar pero estamos lejos, quiero venir a ti a llorar y hablar de mi mujer, contarte lo difícil que es, pero no puedo subir en un avión para eso. Allí también cuando todos estaban cerca no se podía hablar de los dolores, tanto se convirtió en olvido, la gente no hablaba en esos tiempos, olvidaban y se acabó.

Nos encontramos en bodas y en entierros, en circuncisiones, unas vacaciones de unos cuantos días, y todos intentamos estar contentos, intentamos no hablar de los problemas, las vidas separadas, las distancias, las distancias que se acentúan cada vez que volvemos a vernos, porque entonces, entonces, vemos como cada uno ha tomado un camino diferente, cada uno ha ido a una lengua diferente, cultura diferente, Alberto empezará a hablarme de los problemas con los ashkenazim, seguramente tendrá razón pero y qué sabré yo de eso, tú me hablarás de tu perro enfermo, y Isaque de homeopatía, y Ruth, de qué puedo hablar con ella, de su próximo hijo, treinta años y seis hijos, qué hace todo el tiempo, niños, niños, nada más que niños y su marido estudia en una yeshiva de Shas y hace niños. Viven un poco del dinero de la familia, subvenciones sociales, y hacen más y más niños, de qué puedo hablar con ella, sobre qué, sobre las faldas de mi mujer que cada una de ella cuesta como todo lo que gasta en un mes, un mundo al revés, un mundo extraño, cuando la vi antes del entierro, hace cinco años, y ahora no puede venir con nosotros, claro, está en el octavo mes, no puede subir en un avión, ella necesita el dinero más que nosotros y más rápido que todos, y Israel que se murió, se murió del todo, sin tener hijos, se murió y se fue.

Con él puedo hablar, para eso no necesito palabras, ni siquiera pensamientos. Morir para la patria, muerte con sentido, es una muerte que tiene sentido.

Se acabó la comida, devuelvo los cubiertos, veo a los que tienen miedo de los vuelos, algunos de ellos se sentaban antes en la zona de fumadores y fumaban durante todo el vuelo, ahora sólo pueden moverse, ir de un lado al otro, sudar.

La azafata nos da una sonrisa forzada, símbolo comercial de Iberia; nunca he podido entender cómo puede ser que el pueblo que mejor sabe reírse naturalmente ha dado al mundo azafatas que sólo pueden forzarse a reír, de vuelo en vuelo me sorprende más, y lo peor son los vuelos interiores. Sería interesante saber quién las elige.

 

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En las puertas de Tánger

Moshe Benarroch


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