ESPEJOS
El llamado me dejó atónito. Sin lugar a dudas hay hechos tan inesperados que terminan resultando poco creíbles, o pareciendo meras fantasías elaboradas por la imaginación.
Nunca se me hubiera ocurrido a mí como a ella, buscar en el directorio el nombre de un recuerdo, de alguien perteneciente al pa- sado (en este caso, prácticamente a la prehistoria de la vida), para luego discar el número telefónico. ¿Para qué? ¿Cuál sería el sentido?
Sé que las mujeres son nostálgicas. Y también, si peco de egocéntrico, supongo que dejé en ella, en Carmen digo, que es de quien estoy hablando, una marca indeleble.
Supongo que hay vivencias que el tiempo no consigue borrar. Y es más: me atrevería a decir que son esas las que el devenir corrige, perfecciona, repara.
Carmen fue (estoy remitiéndome a casi treinta años atrás) la personificación de la más intensa de las pasiones que me halla tocado vivir. Debo reconocer humildemente, que no han faltado mujeres en mi vida. Y a esta altura, con más de seis décadas a cuestas, sigo disfrutando de mi soltería, con una performance respetable en lo que hace a las relaciones con el otro sexo. Es cierto: a veces me siento solo, y sé que ese sentimiento tan común a tanta gente, es lo que hace que aún se interesen por mí algunas señoras bastante bien conservadas. Creo que lo que motiva que uno se acerque a lugares de reunión para gente mayor como bares, boliches o distintos sitios de intercambio, es finalmente el intento desesperado de huir de la soledad. O al menos, de acallarla momentáneamente.
Seguramente, ésto mismo es lo que impulsó a Carmen a tomarse el trabajo de buscar mi número en la guía y llamarme. Inclusive, llegó a comentarme en esa comunicación, que había enviudado y que su única hija vivía en Estados Unidos. ¡Si eso no es soledad...!
En cambio yo, que nunca me casé, no debo añorar a nadie. A veces, no lo niego, me pregunto cuál es el sentido de la vida. Nunca tuve un hijo, ni planté un árbol, ni escribí un libro. ¿Quién se hará cargo de mis huesos cuando mi alma decida abandonarlos? No lo sé, aunque tampoco me quita el sueño.
Pero vuelvo a Carmen, mejor. Era, les decía, una morena de fuego. De pelo lacio y renegrido igual que sus ojos, de mirada incisiva y provocativa y poseedora de un cuerpo esculpido con la rigurosidad de un esteta. ¡Hermosa!
Nos amamos durante un tiempo. Fueron meses en los cuales la pasión se convirtió en el eje central de nuestras vidas. Fuera de los fogosos encuentros sexuales, rayanos en la perfección, todo perdía sentido y se desdibujaba. No había para nosotros escapadas al cine, ni salidas con amigos, ni cenas íntimas en un buen restaurante iluminado con velas, ni diálogos profundos de intercambio de ideas y pa receres, ni nada de todo aquello que nutre la vida de una pareja normal. De ninguna manera: en nuestro caso el universo empezaba y acababa en el ansiado entrevero de los cuerpos.
Claro que uno va cambiando con el paso del tiempo e inevitable mente, la piel abre sus poros tornándose permeable a sentimientos más profundos y determinantes. También muta y se transforma la mirada con la cual se contempla la vida y sus circunstancias, y el lugar de relevancia que se le da a cada cosa. Así, nuestra historia de fuego, se redujo a cenizas volátiles.
Pero en ese entonces, con algo más de veinte años y todo por vivir, nos urgía la necesidad de beber la vida de un trago. Fondo blanco le dicen, ¿no? Sin embargo, pese a la superficialidad con que Carmen y yo encaramos nuestra relación, creo que nos amamos, digo, que nos quisimos un poco. Estoy convencido de que a veces el sexo, por desenfrenado que sea, es la puerta de acceso hacia el amor. Un intenso trueque de humores y líquidos corporales, a la larga deviene en profundos sentimientos. Tal vez a esto se refieren los entendidos cuando hacen referencia a la química del amor: tanto compuesto orgánico derramado en el cuerpo del otro, termina vulnerando el corazón y el alma, y produciendo el enamoramiento. Sí, debo reconocerlo: estuve enamorado de Carmen. Y evidentemente, ella de mí. De lo contrario, no me hubiera buscado después de tantos años.
Les decía, que me propuso encontrarnos en un bar para tomar un café. (Letra de tango, pensé.) Y yo, ustedes bien lo saben, nunca le niego el sí a una dama.
Me vestí para la cita como un dandy: peiné con esmero mis canas (las que aún perviven y rodean a mi lustrosa pelada), me calcé el mejor de mis trajes y me perfumé con la misma loción que usaba entonces, nacional, pero buena y persistente. Ideal para la ocasión. Cuando hice el último chequeo frente al espejo, intenté comparar la imagen que éste me devolvía con la que Carmen guardaría de mí en su memoria. ¡Qué diferencia abismal! De pronto sentí pánico y estuve a punto de no acudir al lugar convenido. Pero luego, con buen criterio, pensé que con quien iba a encontrarme no sería ya la joven y voluptuosa morena, sino lo que de ella habían dejado los años.
Llegué al bar quince minutos antes de la hora acordada. Un poco por caballerosidad y mucho más porque prefería ser yo quien estuviera esperando cómodamente sentado y así tener una vista panorámica del ingreso de la dama al lugar. Es decir, aventajarla unos segundos en el encuentro cara a cara, tener unos instantes para procesar el impacto de confrontar la imagen viva con aquella suspendida en el recuerdo.
Arribó puntualmente. Titubeó en la puerta del bar y dudó un momento mientras sus ojos hacían un rápido paneo para encontrar a quien encarnaba el presente de ese apuesto muchacho que fui en el pasado.
No sé si me reconoció por la insistencia de mi mirada o porque en ese temprano horario era yo el único hombre que permanecía solo sentado a una mesa. Se acercó con cierta timidez, disimulada con una actitud de forzada autoconfianza. Dibujó en su rostro una sonrisa tensa. Yo me puse de pie para desarrimar la silla donde Carmen iba a sentarse y luego nos saludamos con un afecto algo impostado. Cuando las tazas de café estuvieron en la mesa, llenamos el vacío que había ocasionado el abismo de los años, hablando locuazmente de nuestras vidas. Ambos simulamos ser felices, sentirnos satisfechos con nuestras existencias y hallarnos plenos y en óptimas condiciones, pese a estar arribando a los setenta. Al fin y al cabo, todo podía ser cierto ya que éramos dos extraños intentando encontrar un anclaje entre los recuerdos y el presente.
Superada la tensión inicial, me detuve a observarla. Sus ojos negros estaban opacados por una tenue película de duda y amargura. Su pelo, lacio aún, había mutado del moreno a un miel artificial encubridor de canas, y enmarcaba la cara cayendo apenas hasta los hombros. Nada quedaba allí de esa cabellera salvaje que se desparramaba en las sábanas. Su rostro, memoria de la belleza perdida, exhibía finas arrugas que lo delineaban: la comisura de la boca, la frente, el contorno de los ojos. Y su discurso se había trastocado desde aquel susurro sensual, para convertirse en una secuencia ordenada de palabras elegantes, elegidas con sumo cuidado. Mientras hablaba, sus manos se crispaban nerviosas, ajando y destrozando una servilleta de papel. En ellas las huellas de los anos se hacian evidentes. Pero aun asi, lucian orgullosas y dignas.
Fui piadoso: le dije que la hubiera reconocido entre una multitud y ella me devolvio el cumplido mintiendome que continuaba siendo un senor sumamente atractivo. Nos despedimos con la aplastante certeza de que nos habiamos decepcionado mutuamente. ¡Es impresio nante notar como nos marchita el tiempo! Carmen era otra persona, una bella dama de la tercera edad. De mas esta aclarar que no pude reconocer en ella a la esplendorosa hembra de mis recuerdos. Pero ademas, ese rostro tan decorosamente ajado por el paso del tiempo me sirvio de espejo, algo asi como el retrato de Dorian Gray, una especie de brutal confrontacion con lo que los anos hicieron de mi mismo. Sencillamente, a partir de esta cita, comence a asumir que estoy viejo.
Con todo, apuesto que hay aspectos que permanecen inalterables. Me refiero a aquellos que se insertan en lo que antes defini como "química del amor".
Y es que desde ese encuentro en apariencia tan formal y frio, sueno con volverla a ver, con desparramar esa melenita color miel entre mis sabanas, con ingresar nuevamente en ese cuerpo, que aunque sea casi el despojo del que fue, lleva en el mis huellas, mi marca registrada, la composicion genetica de mis humores entramada en la piel.
Supongo que es una cuestión de soledad, ¿no? Bien, de cualquier manera, no atiné a pedirle su número telefónico. Simplemente, espero que vuelva a llamarme alguna vez.
publicación de textos | consejos para escritores | biografías | weblogs | contacto