FÁBULA DEL BRAZO DESALMADO

Al asomar una parte de la criatura que venía al mundo, la comadrona se quedó pasmada: ¡Ah, cará!, susurró, mire usted que esto tiene que ver. El niño, pues ella misma había augurado que era varón, no se presentaba en ninguna de las posiciones que su experiencia en partería le había mostrado. No venía de pie, ni de nalgas, ni por la cabeza, ni venía de hombro, ni de cara. Aquel ser lo primero que sacó fuera del cuerpo de su madre, fue un puñito todo crispado y rojo que pertenecía a su brazo izquierdo.

-¡Ah, cará, mire usted que esto tiene que ver! -repitió la vieja Eudocia mirando la manita contraída como si hubiera descubierto que parteaba a la madre del demonio-. ¡Dale hija, dale carajo, dale! Empuja fuerte, coño, que a mí no se me muere ningún vejigo venga como venga -dijo introduciendo delicadamente los dedos y buscando la cabecita. Pero el puñito crispado oponía resistencia al trabajo de la comadrona:

-Ah, cará, que no me deja el muy cabrón... Ah, ah, ya... Al fin, el varoncito se desplazó completo hacia la vida. Eudocia cortó el cordón umbilical, colocó al recién nacido de cabeza y le dio una nalgada. Él rompió en llanto, mientras encogía y estiraba su bracito izquierdo.

-Esto está raro. O es algo de Dios o de Satanás -musitó la anciana.

Llamó al padre, y colocó la criatura entre los brazos y pechos sudados de la madre diciéndole:

-Atiende bien a este vejigo tuyo, hija, atiéndelo bien que yo creo que este vejigo tuyo viene coronado.

Aquel brazo izquierdo y su puño crispado trajeron tantas desazones al cuerpo al cual debían servir, que un día el niño sintió deseos de arrancárselo o de haber nacido manco. Facundito quería apresar con el guante de su mano derecha la pelota que le lanzaban sus amigos, y allá iba el brazo izquierdo, descontrolado, a agarrarla y tirarla en las direcciones más erráticas. El muchacho se aprestaba a patear un balón, y allá iba el brazo a interponer su voluntad obligando al torso a inclinarse para que la mano dispara el gol, como si fuera un partido de minusválidos. En al aula, el niño quería pintar usando su mano derecha, y el importuno miembro agarraba el pincel o el lápiz y dibujaba bocetos de sí mismo, de dedos, antebrazos, o escribía arengas ininteligibles para los estudiantes de primaria: ¡arriba la zurdería!, ¡vivan la izquierda y su razón histórica!, ¡adelante levógiros del mundo, uníos!

De mocetón, al darse cuenta de que podía prevalecer sobre esa parte de Facundo, el brazo empezó a granjearse la confianza de los huesos mayores: el húmero, el radio y la ulna. Y les prometió la libera- ción de la tutela de la mente de Facundo, mediante la formación del triángulo de la dignidad y una alianza con los órganos izquierdos. Enseguida el brazo rebelde se ganó el fervor del poco lúcido bícep, de las venas superficiales y de los nervios cutáneos y digitales. Sin embargo, tuvo que realizar una intensa labor de proselitismo y persuación con el supraespinoso. Las vainas sinobiales -por su condición de protectoras-, y las falanges de los dedos -por su unicidad a prueba de retórica-, nunca llegaron a ser santos de la devoción del brazo izquierdo. Menos, el hueso semilunar, debido a su tendencia a la Astrología.

-Ustedes están ciegos -atacaba el rebelde a esas partes suyas que no deseaban colaborar-. Están completamente ciegos, pero ya se convencerán de que el futuro pertenece por entero a la razón histórica. Ella nos llevará hasta la victoria por siempre.

-No están preparados para entender nuestra lucha -explicaba el brazo a sus seguidores-. Pero no nos preocupemos por eso: el verdadero miembro izquierdo de Facundo somos nosotros: la mayoría. Los demás son escoria corporal que no pincha ni corta.

Y con la misma, el brazo centralizaba mítines y asambleas de apoyo a sí mismo y a la razón histórica, y entonaba la voz prima en los himnos: arriba los órganos izquierdos, de pie los órganos sin par, y cantemos todos unidos, viva la disparidad. Y repetía consignas y las escribía dondequiera: "Yo Soy el Sendero, Yo Soy la Verdad", "Nosotros, el brazo izquierdo, somos la Vida". Las vainas, las falanges y el semilunar, ante estas demostraciones de recalcitrante unipartidismo, hacían el caso del felino. Más cultos que sus convecinos, sabían que su vivir y bienestar no dependían de la causa de la izquierda, ni del odio a todo lo derecho preconizado por el brazo.

Eudocia, partera y madrina de Facundo, muy alarmada por los padeceres que le dañaron la alegría de la niñez, y convencida de que aquel había sido un nacimiento coronado, llevó a su ahijado a una quimbisera quien lo atendió de buena gana. La mujer le cogió el nombre a Facundo, lo escribió en un pedacito de cartucho y se lo tiró a los perros en el Palo monte. Esperó, y los animales por el olfato lo encontraron. Yoya llamó a Eudocia y le dijo:

-El muchacho es hijo de esta casa, y tengo que atenderlo para que no dé su caída hasta que sea su hora, porque hay influencias que se la quieren adelantar.

Con los pases teúrgicos propios de la Regla Quimbisa, más secreta y poderosa que la de Oyá, la quimbisera logró adormecer el ego del brazo de Facundo.

-Para que este miembro aprenda a tener conciencia de lo que es el mundo de la verdad -sentenció-. Ya estás curado, pero cualquier cosa ven a verme. Recuerda que tú eres para siempre hijo de esta casa.

Un mal día, Yoya la quimbisera se murió de repente. El brazo empezó a recuperarse del adormecimiento que le había provocado la Quimbisa. Y ya otra vez, en plenas facultades, arreció su batalla por cumplir la razón histórica de su vida. En instantes de gran euforia discursiva, procuraba que sus partidarios olvidaran el peligro de daar el corazón de Facundo con tanto revuelo libertario, como había ocurrido cuando se combatió contra los órganos unívocos.

-Ese es un error que estamos rectificando -afirmaba el brazo, maestro en rectificaciones-. De los órganos unívocos nos ocuparemos después que ganemos para nuestra causa todas las partes izquierdas de los órganos dobles. En esta etapa histórica nuestra obligación está en realizar un profundo trabajo de captación con estas partes izquierdas.

En ocasiones, profundamente ocupado en su labor para ganar la parcialidad corporal, la impulsividad del brazo era tal que provocaba migrañas, anginas de pecho y hasta una hepatitis que los especialistas no lograron desentrañar y que denominaron Z. En esta batalla final por adueñarse de la mente de Facundo, el brazo acabó por convencer a los nervios troncales, al axilar y al medio; y a los tronquitos terminales, para que dirigieran la energía nerviosa hacia la izquierda del organismo y sirviera como canal de riego a la Base Programática. El pulmón izquierdo era azuzado contra el derecho: mira, mira cómo descansa a costa tuya, mira cómo se hace el dormido. Al riñón izquierdo le daba parecidas razones históricas. Igualmente hacía con la pierna izquierda: si es que la pierna derecha siempre se te planta arriba, siempre, siempre. El brazo rebelde llamaba Transnacionales Interiores a la sangre, a los ganglios y a los sistemas vegetativo y autónomo -¿autónomo?, bah, ¿quién se lo cree? Aquí nadie tendrá verdadera autonomía mientras nos esté explotando el cerebro de Facundo. Falso patriarca de la vida -insultaba al corazón- arrogante que ignoras a los órganos humildes, músculo frío, indiferente al sudor de los explotados. A ver, contesta, ¿quién habla o menciona siquiera de pasada al antebrazo, a los dedos, a la ulna?, ¿quién los recuerda y menos todavía les reconoce su razón histórica? Pum, pum, pum, seguía vibrando el corazón como si no lo oyera. Eres un poseído, un ciego y un equivocado, eso es lo que eres en realidad.

Los rebeldes, lidereados por el brazo, se enfrentaron a la sangre que los irrigaba de oxígeno y al cerebro que los revitalizaba. Y a la Base Programática le eran incorporadas nuevas tesis del brazo, como aquélla acerca de la victoria de los órganos desposeídos sobre la casta de los unívocos en fase de una desintegración anunciada a los inicios de la campaña, pero que nadie veía venir por parte alguna. Estos mismos órganos izquierdos, al paso de los meses, se desalentaron después de comprobar que no se producía la explosión revolucionaria por los eslabones más débiles de la cadena de órganos - otra de las tesis descritas en la Base Programática-, y retiraron su apoyo a aquella razón que no parecía tan histórica y mucho menos dialéctica. Los disidentes reprochaban a las partes del brazo arrastradas a la conflagración, que no fueran corteses y agradecidas con el sistema inmunológico en general, con los leucocitos en particular y que no se apercibieran de la amorosa capacidad de regeneración con que la Naturaleza respondía a cada herida o enfermedad que ocasionaba la revuelta en el cuerpo de Facundo.

-¡Pamplinas, puro idealismo hipersubjetivo! -filosofaba el brazo engarrotando su puño, -no presten atención a esas campañas de descrédito, de desinformación y mentiras, que buscan quebrantar nuestra unidad, no temamos a esa amenazas de agresión, ellos no nos intimidarán jamás. Lo que tenemos que hacer es prepararnos para la defensa y hasta para la muerte si fuera necesario.

Y ordenaba inflamaciones y cabezas de vena que al rato se di- solvían con el paso de la energía nerviosa del cerebro. Además exigió incrementar la vigilancia en el triángulo de la dignidad, formado por sus partidarios favoritos: el húmero, la ulna y el radio, de temibles tamaños, y cuyo grado de compromiso los había hecho los más confiables reductos de la sedición.

-Este es el combate final que nos llevará hasta la victoria por siempre -repetía el brazo su consigna favorita. El bícep izquierdo hería al derecho, muchos huesos se provocaban fracturas, las venas superficiales se abrían; y las falanges, las vainas y el semilunar -no involucrados en la contienda-, sufrían horriblemente. Una mala mañana, las articulaciones del húmero se empezaron a calcificar y el hueso se resecó, pero contaminado de lucha como estaba, no tuvo tiempo de reconocer su enfermedad. Lo mismo ocurrió con todo el triángulo de la dignidad, con el resto de los partidarios y con los sufridos indiferentes. Las fuerzas de la naturaleza se frustraron al tratar de restablecer la armonía en aquel miembro desarraigado que acabó por gangrenarse.

La familia de Facundo removió el último pueblo del país, la última montaña y la última cueva, buscando una quimbisera para volver a adormecer el ego del brazo que desmembraba a su posesor.

-Para eso van a tener que ir muy lejos -les indicó un viejo babalao que quería ayudar-, por que la única quimbisera que quedaba era Yoya y no la dejaron enseñar.

De manera que en aquella nación llena de escuelas, universida- des, instituciones científicas, brazopatólogos y cientos de otros especialistas importantes, se había prohibido la Regla Quimbisa y por consiguiente, las patologías egotistas -las más terribles y peligrosas- , carecían de cura efectiva en el territorio nacional.

A la postre hubo que amputarle a Facundo su brazo putrefacto que no se acababa de morir y engarrotaba constantemente el puño. Al operarlo, el cirujano llevó el corte hasta el hombro para asegurarse de los buenos resultados. Es que había creído oír una vocecita sobrenatural que salía del codo, clamando por algo semejante a la victoria por siempre de una tal razón histórica y dialéctica.

Manco, pero felicísimo de su existencia sin egotismo, Facundo pudo casarse y hacer hijos que le dieron nietos. A todos ellos relató la extraña experiencia que padeció en su adolescencia, para que ensearan a sus órganos a llevar una vida en comunión con el cuerpo al cual debían servir. Se cuenta que siendo bisabuelo viajó al lejano continente mencionado por el babalao y que allá fue iniciado en la Regla Quimbisa, más poderosa y secreta que la de Oyá. Hay historiadores del caso que aseguran que Facundo regresó al cabo de unos años, y que la vida le duró para ejercer durante mucho tiempo el magisterio quimbisero en su patria, donde para entonces sólo había quedado prohibido el desamor.

 

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Fábula del brazo desalmado

Ernesto González


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