LA CARTA

En tiempos de la Guerra Civil mi madre y yo nos trasladamos a vivir al campo. Era una niña de 9 años, con mucho miedo. Temor a la muerte, a los muertos, a las noticias que se iban comentando. Todo eso hacía mella en mí e hizo que no tuviese ganas de jugar ni de comer.

Mi padre, que tenía un comercio de tejidos, fue detenido y hecho prisionero en la cárcel por regalar una bandera a los rojos. Eso me afectó tremendamente, me volví una persona ensimismada y silenciosa. Sufría por él, porque era un hombre bueno y querido. Yo no entendía nada. Cuando nadie me veía lloraba, rezaba para que todo terminase cuanto antes.

Mi madre procuraba que fuese una niña feliz, a pesar de todo; por eso nos trasladamos a casa de mi tía en el campo, muy cerca de la playa.

Poco a poco empecé a recuperar mis juegos infantiles, ahora disponía de más tiempo, porque no iba a la escuela. Conocí a Eugenia, mi vecina de la huerta de al lado y que se convirtió en mi compañera de juegos. Era mi única amiga y juntas pasábamos mucho tiempo, buscando coquinas en la playa, cogiendo moras en el campo, caracoles, en fin, descubriendo todo un mundo que las circunstancias me presentaban. Con ella cogí una gran confianza y se convirtió en la hermana que nunca tuve. Consiguió que empezase a recuperarme enseñándome su pequeño universo, su vida en el campo, que hacía que me olvidase por momentos de todo lo que me preocupaba.

Eugenia vivía con su madre y abuelos. Tenía un hermano en el frente, Antonio, del que se sentía muy orgullosa. A menudo me hablaba de él.

Cuando en casa de Eugenia se recibía una carta me llamaban para que se la leyese. La abuela se secaba las manos en el delantal y se acercaba una silla. El abuelo dejaba por un momento la dura tarea del campo y corría hacia la casa ante la llamada de la madre de Eugenia. Todos se mostraban impacientes por conocer el contenido de esa carta. La familia me rodeaba para que, una vez sentados en torno a la mesa, yo me entregase de lleno a transmitir lo que decía. Muchas veces leía de corrido, sin atenerme a la entonación que debía dar. Pero me creía en ese momento como alguien trascendente, como protagonista, porque hacía algo que los demás no sabían y era leer. Ellos entonces se sentían agradecidos hacia mí y cuando terminaba la carta, hacían que repitiese de nuevo la lectura mientras iban haciendo comentarios de lo que contaba Antonio. Después nos mandaban de nuevo a jugar y cada uno reanudaba su faena.

El transcurrir diario de juegos y vida sana me iba dejando su señal. Me estaba reponiendo porque empecé a recuperar el apetito. No nadábamos en la abundancia, pero nunca nos quedamos sin comer; se aprovechaban todos los recursos que el campo y el mar nos brindaban.

Todas las mañanas, después de ayudar a mi madre, me sentaba bajo la parra de la casa hasta que oía una voz que me llamaba: ¡Andrea! Era Eugenia que venía a buscarme. Algunas veces traía un capacho para que la acompañase a coger patatas; otras, bajábamos a la playa a coger camarones en las rocas. Y otras correteábamos sin más a través de los sembrados.

Un día, mientras nos dedicábamos a nuestros juegos cotidianos, llegó el cartero y como siempre que lo veíamos, corrimos hacia la casa de Eugenia con la seguridad de que una nueva carta de Antonio había llegado. Esta vez no hizo falta que demandasen mi ayuda, porque ya me encontraba allí dispuesta a cumplir con mi encargo. Un sobre con escudo, ya abierto, me fue entregado para que leyese su contenido. Lo tomé en mis manos e hice el gesto acostumbrado de despegar el flequillo de la frente, costumbre adquirida como especie de tic que practicaba cada vez que tenía que hacer algo preciso que necesitase de mi concentración. Desdoblé la hoja y ante toda la familia reunida e inquieta por el afán de saber qué nos decía Antonio, leí:

Ministerio del Ejército

"Es honor de Dios y de la Patria comunicarle que Antonio Salcedo García ha muerto en acto de servicio"… Un profundo golpe se oyó y vi a la madre que se caía redonda presa de un colapso. La abuela comenzó a gritar y a tirarse de los pelos. El abuelo no decía nada. Eugenia me miraba con un semblante de rabia, cuyos ojos dejaban escapar unas lágrimas acusadoras, de reproche. Yo, me quedé mirando la escena sin comprender lo que había dicho. Mi corazón empezó a latir muy fuerte, el miedo y la oscuridad me arrancaron toda la suficiencia, empecé a entender. Nunca olvidaré esos momentos. Jamás volví a leer carta alguna.




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La carta

C. Giménez


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