LA CITA

Desde hacía algún tiempo y como casi todas las semanas, ella llegó puntual, justo lo acordado por teléfono... sí mi amor, siempre a la misma hora y el mismo lugar.

A su lado Madame Bovary era un cuento, fresca y húmeda ya, cogió las llaves que el recepcionista le extendió sonriente, como a vieja conocida y respetable clienta. Es la habitación de costumbre, señora... y ella, que trepa rápida las escaleras y corre ligera hacia el número de sus sueños. Efectivamente, porque hasta cuando dormía se le aparecía como entre mieles y nubes el número ese, sobre el marco de la puerta. Y era feliz y era dichosa, cuidado, te estás ena- morando mujer, le advertía su amiga íntima y soltando un tremendo suspiro, ella la Bovary, la llamaba, mi querida confidente y discreta alcahueta del alma...

Cuando la vieron, con esa sonrisa y esa dulzura en sus facciones, pucha, lucía sexi y provocativa, algo fría y distante, también. ¿Sabes?

Qué, cómo se llamaba... la cuestión es que ella pagaba y sin más ni más se iba apurada, máximo dos horas y media se demoraba, sí señor estoy seguro. ¿Su acompañante?, no, no lo conocemos, jamás dio su nombre ni la cara y ni una mísera propina siquiera, al contrario de la dama que era bastante atenta y generosa y sobre todo, quien cancelaba todos los servicios y los antojos, que unos traguitos, que un vino tinto con unos bocaditos, picantes y saladitos no se olvide, ¡eh!, que una película en especial, que una llamadita a un tipo chévere, de esos de agencia A-1, de a flete y horario, para que los acompañe... y qué harían, no lo sabemos, tampoco nos interesa. Oiga, que esto es amor al paso y no un vulgar local de puro chisme y raje.

La doña ésta se pasó de vueltas, pobrecita, agarró una sobredosis como para pegarse al techo, dijo concluyente y sabihondo el médico forence que la examinó... sí pues, si tiene polvo de ángeles hasta en el trasero, como si en la punta de alguna vaina se lo hubieran reventado a fondo y a la mala, para que goce y se atragante del gusto, ¿no? ¿Qué, no sintieron ninguna bulla, no hubo ningún alboroto? No señor, nada de nada.

Qué, qué te pasa, desde cuándo y qué horas te me vienes así... no lo sé, mi vida, perdóname negrita, estoy con una preocupación que no se me quita...

Después de tantas miradas y calenturas, palabras que van, palabras que vienen, la invité a cenar, luego a bailar y entre vino y vino, ella que no se aguanta, yo que me quemo, los dos que nos fuimos para allá. ¿Y cuánto tiempo hace de ello?, ya ni me acuerdo...

¿Que dónde nos perdimos?, cuando ella me preguntó si la quiero, si mejor nos largamos a vivir juntos y de vez en vez, con cualquier otro fulano, nos bacilamos de lo lindo, ¿te parece? Me asusté, caramba, harto que me asombré, es lo correcto y me paré. A velocidad super sport se me abrieron las entenderas, mi cerebro en una tremenda frenada me puso en mis cabales. Yo no estoy para más joda, le dije, ni para hacerme de hábitos ni fregadas rutinas, me cansé loca de miércoles, así que mejor sanseacabó y todo en paz, que tú a tu marido y yo, a mi mujer y santas pascuas, si te he visto, no me acuerdo... y ella, que no, que cómo vamos a terminar, que porqué soy ingrato, que porqué la he engañado, que cómo soy tan desgraciado... entonces el último, el de la despedida, el del recuerdo... ¿y ya ve?, la muy sapa, me jodió. Que se metió al baño, que espérame un ratito por favor, que no te vas a ir, que salió toda chisposa y recontra gananciosa, incluso media enojada, que te vas a arrepentir y me vas a extrañar, que abrázame, quiéreme, no me dejes... y luego comenzamos nuevamente, le di con todo y por todo lado, para que se vaya contenta y ya no moleste ni llore más, que me aprieta, que grita que me ama, que es mía hasta los huesos, que no la olvide, que no me suelta, que jadea peor que locomotora vieja en cuesta, que tiembla y transpira, empuja y se estremece como con hambres atrasados, como si estuviera enferma de celo y con nada se satisfaciera, como si la desesperación la desatara y yo fuera su único remedio, que yo creí era del gusto o la emoción y el llanto de la despedida, que se me va y me moja a raudales, que yo decía, la traigo muerta del trajín que seguía y seguíamos, de puro macho y fuerte que soy y más le daba y la volteaba y la levantaba y arremetía, en la alfombra, en la tina, en el sofá... y duro que yo me ponía y ella... la dejé, tuve que dejarla, el miedo como que me dio ímpetus y aires... que como pude me tiré por la ventana y a mil por hora, pensé qué pasó, qué diablos ocurrió, en eso me acordé del baño y su maldito vicio de la yerba y la cocaína, nunca le faltaron en la cartera, ¿sabe?... pero después de todo, qué tal encame, qué tal mujer carajo, para morirse padre, para morirse... y así nomás que se fue la infeliz, padre, lamentablemente sin poder confesarse ni recibir su santa bendición, padre.

 

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La cita

Luis Daniel
Gutiérrez Espinoza


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