LA MIRADA DEL ARQUITECTO

Luego, con el correr de los años, le dedicaron una calle sucia y marginal por semejante hazaña, pero el arquitecto Juan Madrazo Kuntz, comisionado para reparar la catedral por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, no se entretenía en tales veleidades a aquella crítica hora.

Suya había sido la determinación de desmontar un ala entera del templo, gótico por toda seña, sin un sólo muro de piedra, sostenido enteramente sobre una hectárea de vidrieras y la fe del maestro Enrico el Viejo, su primitivo artífice.

Desmontar un ala de la catedral y lograr que el resto no perdiera el equilibrio: tal era la proeza que se impuso, a sabiendas de que el fracaso lo hundiría en el más ominoso oprobio. El problema era el peso, la tremenda presión de añadido tras añadido, superposición tras redundancia. Cinco siglos de arquitectos segundones. Cinco siglos. Primero un cimborrio, luego una cúpula renacentista, después una linterna y una torrecilla, siempre con la presunción de añadir la propia obra a la genialidad anterior, en busca de un cordón umbilical capaz de nutrirlos con la fama ajena.

Juan Madrazo quiere ser la escoba que los arrumbe al olvido. Quiere un equilibrio de mínimos, liviandad casi flotante.

Para abordar la tarea construyó y diseñó cientos de distintos andamios, de palancas, de resortes, de flejes y ballestas que sostuvieran la bóveda. Ideó una catedral de madera que sostuviese a la de piedra. Sus ingenios semejan grandes aves prehistóricas, monstruos de inmensas costillas, estantiguas reencarnadas de un abismo mecánico.

Desde el inicio de lo trabajos han pasado más de cinco años. El ala desmontada ha sido de nuevo recompuesta después de sustituir los sillares más deteriorados. Es la hora de retirar todo ese artificio de fuerzas contrapuestas y comprobar si el conjunto resiste.

Tal vez esperasen aún siglos de oprobio y vergüenza después del fracaso, crónicas enteras en mil idiomas señalando el nombre del responsable de que se viniera abajo una de las mejores obras del gótico español. Después del fracaso podía haber eso, y más, pero la vida no podía existir.

El arquitecto, con paso firme, despertó con sus pasos los ecos de las losas, los murmullos de los sepulcros, hasta colocarse bajo el crucero. Quería estar allí, justo allí, donde el derrumbamiento acabaría con él antes de ver hundirse el resto. Miró al alejado techo y dio la orden a los obreros de que empezasen a retirar los andamios.

La estructura entera crujió, vibró un instante al recomponer su equilibrio, y todos los que contemplaron el prodigio supieron que el edificio entero se sostenía sobre la feroz mirada del arquitecto.

 

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La mirada del arquitecto

Francisco Javier
Pérez Fernández


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