LAS DIEZ MUERTES DE LOBATO RUIZ
Cuando Perseo Ruiz se vio de nuevo en aquel bosque, se dio cuenta de que la historia se repetía, que a sus pies se abría otra vez la tierra y los muertos sacaban sus cabezas y se limpiaban la tierra de los ojos para llenárselos de estrellas. Una silenciosa multitud de hombres polvorientos se encaminaba hacia una luz remota. Perseo creyó oír a lo lejos los clarines del Apocalipsis y huyó de aquella luz a la ciudad.
- En casa debe de estar Lucía esperándome -se decía para darse ánimos.
Pero la ciudad estaba desierta y las calles conducían a todas las calles, menos a la suya.
- He visto demasiadas películas -murmuró-. En cualquier momento dirán: ¡Corten!
Tiritando de frío, se sentó en un banco, se restregó los ojos y se vio a sí mismo, en la pantalla de un cine, tiritando en ese mismo banco, hasta que la palabra FIN acaparó toda la pantalla y, tras un aplauso ensordecedor, se encendieron todas las luces. El director, el productor, las actrices lo rodeaban y, deslumbrado por los fogonazos de las cámaras fotográficas, Perseo recibió enhorabuenas y parabienes por su actuación en el estreno de su décima película. Salió de allí como en una nube y lo llevaron a un lujoso restaurante, donde comió y bebió rodeado de mujeres muy hermosas, pero ninguna era Lucía.
- Creo que el vino se me ha subido a la cabeza -dijo a la séptima copa. Y cayó en redondo sobre su propio plato, pero con los ojos muy abiertos y fijos en la extensión de un océano, de donde emergió de pronto el lomo de una ballena azul. Y ante aquel espectáculo Perseo tensó el brazo y lanzó su arpón contra ella; y los marineros lanzaron al unísono un grito viril de aclamación. Una voz muy suave, desde el cielo, dijo: "Ha ganado diez puntos. Puede elegir ahora nuevas armas". Perseo se sintió defraudado: toda la potencia de su brazo, aquel barco, los marineros aclamándolo como a un héroe, no eran más que un fuego fatuo y virtual en la pantalla de un monitor. Y entonces, airado con el Gran Jugador, con el Gran Ordenador que lo había creado, arrojó un arpón contra aquel cielo azul y falso y el arpón se convirtió en una estrella fugaz y se oyó un chisporroteo.
- Vaya, se ha ido la luz -farfulló Perseo.
Se encontraba frente al ordenador, tecleando en vano. Eran las cinco de la madrugada. Llevaba ya más de cinco horas seguidas ju- gando para batir el récord de los Arponeros de la Red.
- Espero que con la vida no ocurra lo mismo que con esto.
Y se dirigió al dormitorio, en busca de Lucía. Pero ni estaba allí Lucía ni aquello era su dormitorio, sino una especie de oficina, presi- dida por un hombre con gafas y bata blanca.
- ¿Cómo se encuentra usted hoy? -preguntó el doctor.
- Bien -mintió Perseo, perplejo-. ¿Dónde estoy? El doctor se quitó las gafas.
- Ya le he dicho que no soy el doctor. Y no me venga siempre con la misma pregunta. ¿De veras no recuerda usted dónde está?
- No sé quién soy, estoy perdiendo la memoria.
- ¿Y qué me dice de este libro: Las diez muertes de Perseo Ruiz? -dijo el doctor poniéndolo sobre la mesa-. Y ya le he dicho que no soy el doctor.
Perseo abrió el libro con aprensión.
- Quizá yo sea el que en algún lugar está leyendo ahora mismo este libro, el que lo tiene entre sus manos como ahora mismo lo tengo yo; y todo lo que le pase al protagonista quizá me esté pasando a mí y no sé si debo seguir leyendo por si muero en la última página.
- Ha empeorado usted mucho. Lo lamento, pero lo voy a tener que hipnotizar.
Y de pronto, tal como sucedía en el libro, la silla en que Perseo estaba sentado se plegó automáticamente y lo dejó tendido y atado con correas. Y el techo se abrió de pronto y de él salieron las pinzas de una máquina abominable que le abrieron sin contemplaciones el estómago, donde había, en vez de carne y sangre, cables y circuitos.
- Disfunción en el programa de memoria -dijo una voz- Hay que desactivarlo.
Perseo trató de oponerse, pero de pronto se hizo una oscuri- dad total.
- ¡Perseo, Perseo! Œdijo una voz dulce de mujer- ¿recuerda us- ted lo último que ha hecho?
Perseo abrió los ojos y se encontró en una sala de hospital ante una enfermera muy bella.
- ¡Lucía! -exclamó incrédulo-. Llevo días buscándote.
- ¿Cómo sabe usted mi nombre?
- Pues por lo mismo que sabes tú el mío.
La enfermera sonrió.
- Bueno, ¿no es usted Perseo Ruiz, el famoso actor? De eso lo conozco. Oh, pero no llore usted, por favor. Aquí se encontrará bien, aquí no sufrirá ningún dolor.
- ¿Dónde estoy?
- Bueno, ha sufrido usted un ataque al corazón en un restauran te y después se ha muerto. Estábamos esperando que usted desper tara para seguir con el proceso habitual en estos casos. ¿Está usted preparado?
- Entonces, ¿esto no es un hospital?
- Me temo que no, señor.
- ¿Y qué tengo que hacer?
- Tan sólo dormir.
Perseo confió en aquella mujer; cerró los ojos un instante y al instante despertó en su propia cama, en su propia casa.
- He tenido un sueño, Lucía -dijo buscándola en la oscuridad.
Pero Lucía no estaba a su lado. No había nadie en la casa. Bajó, pues, al sótano por si estaba allí pintando como solía, pero las esca leras del sótano eran interminables, lo conducían a los abismos de la tierra. Y cuando quiso regresar, se encontró con que el techo era todo de tierra y que de él brotaban raíces de árboles. Y sintió tal angustia que comenzó a escarbar con uñas y dientes para escapar de aquella tumba, de aquel refugio nuclear, de aquella pesadilla, de aquel infierno, de lo que fuera aquello, hasta que sus manos sintieron una fresca brisa y Perseo pudo al fin sacar el cuerpo y se limpió de tierra los ojos para llenárselos de estrellas. Un árbol dejó caer sobre él algunas hojas.
Cuando Perseo Ruiz se vio de nuevo en aquel bosque, se dio cuenta de que la historia se repetía, que a sus pies se abría otra vez la tierra y los muertos sacaban sus cabezas y se limpiaban la tierra de los ojos para llenárselos de estrellas.
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