LUCÍA DE LOS MILAGROS

Lucía tenía treinta y ocho años y el sueño inconcluso de ser madre. Tardó en superar el desdén de amor de su amante anhelado cuando la dejó plantada con su corona de margaritas y su vestido de tules amarillos en la Iglesia de "Santa María del Valle", frente a un Padre Hilario desmemoriado e inexorablemente desarmado por el tiempo. Desde que Santa María del Valle es Santa María del Valle, el Padre Hilario ya existía. Hay quien dice que tiene todos los años, aunque nadie sepa cuanto es eso.

Los pocos comensales asistieron con burla al desprecio gigante al que fue sometida Lucía Albanera. Las carnes de su juventud anclada en las fiestas dominicales de sus veinte años, se tornaron amargas y glaciales, a la espera de un milagro concebido en sus entrañas.

Sólo Justino, el amante fugitivo, había probado, hasta el momento, la piel desteñida de gloria de Lucía. Debía agradecerle, por cierto, los recreos de amor en los que se volvía loca en los brazos de aquel hombre que le enseñó a amar. Quizás a Justino lo espantó la idea de tener un hijo. Lucía se le había propuesto la tercera vez que se amaban en la cama de su madre muerta. "¿Estás loca?", le había replicado él cuando se le vinieron a la cabeza los ojos rasgados de sus cinco hijos, que de él habían heredado.

A Lucía no le importaba más nada que el deseo recóndito de ser madre. Quería un hijo de aquel hombre que la hizo mujer y volvió vergel el páramo de viejas solteronas en que se había criado.

Lucía había vivido toda su vida en la casa de sus abuelos maternos. Un palacio de muros santiguados por los rezos acerados de sus tías vírgenes. Elvira y Rosario, jamás le perdonaron a su hermana menor, Teresa, madre de Lucía, el sacrilegio bestial de haber amado sin ley y de quedar abandonada con el vientre agitado.

Lucía estaba convencida que su madre había muerto de tristeza. Sus tías, prisioneras en el claustro de su virginidad, condenaron el acto, no por la afrenta a su postura cristiana, sino porque Teresa fue amada como nunca lo fueron ellas. Desde aquel momento, Lucía se encargó de volver el monasterio en el centro de sus citas clandestinas con Justino. Cuando Elvira y Rosario, saciaban su agonía de amor en los recintos de su caridad, Lucía esperaba desnuda a Justino en su dormitorio, mientras éste trepaba por la frondosa enredadera que disimulaba la oxidada escalera metálica que lo llevaba al lugar indicado. Cada lunes y jueves se amaban de cuatro a seis de la tarde, y cuando el viejo Dino, aquel pequinés endemoniado, única compañía de las dos tías amargadas, ladraba frente al umbral de la casa, sabían que la cita debía acabar y Justino tenía que irse por donde había llegado.

Pero un lunes de amor salvaje, Dino se perdió por las calles azotadas por un aguacero bíblico y las tías volvieron a casa, sin la alarma que anunciaba el final del recreo clandestino. El grito de horror de Elvira debió sentirse en todo Santa María del Valle, cuando vio a Justino como Dios lo trajo al mundo, tendido orondo en la cama, y a Lucía abrochando su corpiño con los cabellos alterados por el rigor de las caricias desenfrenadas. Justino no fue tan raudo jamás antes en su vida. Se vistió a medias, en tres segundos, y se fugó del palacio de hielo, perseguido por los ecos de las maldiciones proferidas por las tías adustas. Lucía no supo cuantas fueron las bofetadas, pero las mejillas le dolieron una semana y sólo los síntomas de una alergía ficticia podían disimular el color morado.

Elvira y Rosario quemaron los trapos del pecado en un rincón del laberíntico jardín, mientras Lucía continuaba con su piélago de perdones para aplacar una culpa que no sentía. "Igual de impúdica que tu madre", le reclamaban las tías que no perdieron oportunidad de pedir por el alma de su sobrina que se paseaba ante las puertas del infierno.

Pasó un mes del incidente hasta que Lucía prometió comprar las naranjas más sabrosas en el puesto del amante destronado del recinto de amor. Fue un beso a escondidas y un susurro obsceno que le erizó la piel y le hizo ansiar retozar en aquel cuerpo fornido y hercúleo. Las guardianas de su dignidad hurgada le permitieron sólo eso.

Justino Aranda tenía cuarenta y tres años, dos matrimonios malogrados y cinco hijos varones que heredaron no sólo sus ojos rasgados sino también sus destrezas en el campo de las conquistas. Por eso le huía a la idea de traer otro hijo al mundo. Con cinco ya era suficiente. Pero Lucía no acababa de comprender sus argumentos y no perdía ocasión para atocigarlo con su deseo postergado. Era un hombre incapaz de asentarse en el lecho de una sola mujer. Con Francisca, su primera esposa, tuvo dos hijos, y aún la visitaba de vez en cuando. De ella huyó para sumirse en los brazos escuálidos de Carmen, una repostera audaz que le dió sus otros tres hijos, uno detrás del otro.

Conoció a Lucía, cuando ella fue a casa de Carmen a buscar dos pasteles de chocolate y almendras para agasajar al Padre Hilario que cumplía los años desconocidos en la iglesia del pueblo. Lo vio con su torso desnudo y las gotas de sudor recorriendo su frente ancha y sus brazos de montaraz, cargando los cajones de fruta para llevar al mercado. Ella se enamoró perdidamente de él, en ese preciso instante. A él, se le despertó el instinto indomable de mujeriego empedernido. Al otro día, fue al mercado a propósito para toparse con él y éste terminó de conquistarla cuando le regaló las manzanas de la discordia. De ahí en más se miraban con la complicidad que terminó de revelarse cuando se besaron sin reparos entre los cajones de frutas mientras el mercado comenzaba a despoblarse al atardecer de un pueblo moribundo. Desde ese momento, se vieron cada lunes y jueves, y alguna que otra vez, en el recinto impoluto de las damas vírgenes, por el término de un año. En ese lapso, Justino se separó de Carmen sin explicar las verdaderas razones. A ésta no la volvió a ver como a Francisca.

Pero Justino no pudo evitar las cadenas de un nuevo matrimonio cuando las tías, enjutas y con las carnes trémulas por la cercanía del hombre viril, adujeron que debía hacerse responsable del pequeño que Lucía estaba gestando. Días después supieron que las naúseas y los vómitos de Lucía no eran por el presunto niño concebido, sino por la indegestión con manteca de cacao.

Ni un doctor pudo decretar a tiempo que se trataba de un empacho suculento y no de un embarazo. Pero las tías, atrapadas en la ciénaga de un siglo viejo, preferían no dejar que un hombre preparado en el área, dedujera su afección y decretar que aquel malestar era fruto del pecado.

Justino Aranda no tuvo el coraje suficiente para llegar al registro civíl, pero si tuvo los cojones de hacerlo en plena iglesia, somnolienta por las luces postreras. Las tías argumentaron que era preferible expiar las culpas con una boda religiosa que dejarse apabullar por las asesinas lenguas de las chismosas de Santa María del Valle. Pero no fue necesario. El hijo mayor de Justino le advirtió a la novia, que su padre había huído porque le aterraba la idea de ser padre otra vez y el supuesto embarazo había alcanzado para susto. Nadie entendió a aquel hombre que eligió estar casado ante la ley y no ante Dios.

La traición de amor de Justino sometió a Lucía a un viaje por los laberintos del lamento, intentando saber por quién debía llorar, por Justino o por el niño que no llegaba. Decidió al fin, llorar por ambos. Permaneció casi tres meses encerrada en su dormitorio, antigua caverna de sesiones amatorias, con su vestido de tules amarillos entre sus brazos y su vientre al aire esperando ser fecundado, quien sabe por cuales milagros. El tiempo natural se le iba y el deseo crecía y se expandía como la peste. En poco tiempo se olvidó de Justino porque la asaltó el abismal desgarramiento de un vientre árido. A eso le dedicaba sus horas de desasosiego. Ser madre se había convertido no en una necesidad biológica sino en una especie de obsesión contra el reloj del tiempo. No quería verse como sus tías, sin más amor para dar que un amor a retazos que desmigajaban en un Hogar de niños huérfanos. Su misión era ganarse el cielo y en eso se les fue la vida. No quería verse al espejo y recibir el reflejo trémulo de una faz enmudecida por la escasez de caricias y por los besos soñados en sus alcobas de cruces y lamentos celestiales.

Ella quería ser madre. Y ese deseo corrió por las arterias del pueblo como había corrido la noticia del desprecio amoroso. Lucía rompió con las cadenas del martirio y se atrevió a mandar al demonio a sus tías. A su lado no sólo espantaría a cualquier pretendiente, sino que la raptaría la locura. Se fue con algunos centavos a Villa Mercedes, un pequeño pueblo situado a unos cien kilómetros de Santa María del Valle. Sus recursos ingeniosos le permitieron hacerse de un trabajo, ganado por compasión y encontrar un lugar donde dormir en una pensión de hombres sin nombre y mujeres olvidadas.

Allí conoció a Amara, una vieja charlatana, ensañada con el tiempo, al que quería fastidiar con sus pociones endiabladas, sus unguentos tufientos y sus augurios saboteados por los escépticos. Había erguido en su minúsculo cuarto, un santuario. Odiaba que la llamaran bruja. Era, a su entender, una "hacedora de milagros". "Los milagros los hace Dios", le comentó cierta vez, Lucía. "Pero yo le doy una manito", le respondió ella con la soberbia atribulada por el vaho del delirio.

-Serás mujer del hombre que te hará madre, cuando la muerte lo sorprenda engendrando tal milagro -Le pronosticó con unas copas de ron de más- Lucía tomó aquel augurio como otro desquicio de la bruja que aspiraba a santa. Pero Amara, con el ceño fruncido y las mejillas rojas por el alcohol, supo que su pronóstico o milagro, se haría realidad cuando percibió la luz maldita que rondaba a Ramiro Leal. Con sus ojos preñados de corales y su piel cetrina, sería el padre del hijo ansiado por Lucía.

Y no hubo error en el presagio ebrio de la vieja charlatana. Ramiro no perdió tiempo en enamorar a la novia abandonada, con sus maneras de hombre prudente y sus atributos de amante mitológico. Lucía no debía pensar en sus tías pisándole los talones, las había dejado en Santa María del Valle, atormentadas por la fiebre de una pasión íntima que les devoraba las entrañas, por lo que decidió amarlo con las últimas esperanzas de su sueño esquivo.

Fue la primera y la única noche. Ramiro, un viajero del mundo, la amó hasta que su corazón enfermo, lo dejó blanco como el hielo de su piel. Lucía se sintió perseguida por cierta maldición prehistórica, pero semanas después entendió que no era tal cosa, sino un milagro de amor y tal como se lo augurara la vieja adivina, su vientre acunó el sueño.

Ya no importaron Justino, el esposo fugitivo a quien no volvió a ver nunca más, ni sus tías ahogadas en rezos hipócritas. Sólo importó Ramiro, aquel hombre al que amó una hora para gestar el milagro, y al que honró, bautizando al niño ansiado con su nombre.

 

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Lucía de los milagros

Gastón Fernández Arricar


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