Revista de creación literaria

Ni siquiera supe cuando empezó esa especie de sensación opresora en el corazón, ni aquel irremediable deseo de estar con ella. Bastó con verla una vez. Delirio adolescente. Yo era uno de los tantos perros falderos que ella tenía merodeándole sus faldas y acosando sus zapatos de aguja. Definitivamente, era un amor sin nombre. Para ella siempre lo fue, para mi lo fue hasta ese día que hubiese deseado que no llegara. No por mi, sino por ella, porque en el milagroso momento del encuentro fortuito, en ese preciso instante, lo fatal irrumpiría sin previo aviso, sin pudor. Eran las seis y diez de un domingo negro.

Dejé el libro y salí de mi casa para doblar la esquina y encender un cigarrillo, voltear mi mirada y sentir la malignidad que emergía de la calle húmeda, esa calle que parecía verter con el agua, cuchillos. Horrores de domingos. Caminé sin tregua. Siempre tuve la certeza del camino que emprendía, pero aquel domingo estaba particularmente desorientado. Quizás inconscientemente, salí a buscarla. Un camino que tampoco tenía nombre, como ella. Quizás un pleito de amor, quizás una obviedad para cualquiera, quizás un tontería para otros tantos, para ella fue lo fatal. Aquello la mantenía en pie, fuese lo que fuere. Ya no volvió a pasar por frente a mi ventana ni volvió a regocijarme con su mar de encantos. Extraño el amor mío, extraño su amor. Yo supe de ella, ella jamás de mí. Algunas voces me aseguraron haberla visto, y ahí supe que Martina, no había muerto de amor… ni yo tampoco.

La vi. Y no era ella. Su faz apagada, su soberbia echada al suelo, descalza, sin nadie que le pisara los talones de pasión, ebria de dolor. Jamás pensé verla de aquel modo. La miré de lejos. Ella estaba sentada en el zaguán de una casa, que jamás supe si era la suya. No me importó averiguarlo en ese momento. Lo único que supe fue del fuego visceral que atravesó mi cuerpo y quemó mi garganta junto con el humo del siguiente cigarrillo que había encendido. Verla despedazada me produjo más horror que aquel domingo.