NO HAY FUTURO QUE VALGA OCHO AÑOS DE CARRERA

Llovía, como ocurría siempre que la vida me iba al revés, y en Galicia llueve mucho. Mi cuerpo se hallaba entumecido, rígido, tenso, como las amarras de un barco durante la tormenta; pero este estado no era fruto del clima, como cabía esperar, sino de la entrevista de trabajo que acababa de afrontar con la misma suerte de Leónidas en la batalla de las Termópilas. Mientras mi cuerpo se tornaba charco no podía sacarme de la cabeza la afrenta que acababa de sufrir; y en estas andaba cuando por fin llegué a la estación de ferrocarril. Entré, compré un billete a la desesperación y me senté en uno de los bancos que había en el andén, cuya herrumbre se asimilaba a mi metalizada sensación. Para hacer tiempo mientras no llegaba el destino, ya que en Galicia no tenemos AVE sino patos mareados, saqué un libro de mi mochila , Si esto es un hombre de Primo Levi, una autobiografía sobre su estancia en el infierno de Auschwitz, justo lo que necesitaba, al menos había alguien más jodido que yo, o lo que es lo mismo "mal de muchos consuelo de tontos".

Leía sin leer página tras página mientras mi mente le daba vueltas a lo sucedido en la entrevista. El día era soleado en Pontevedra cuando compré un billete a la esperanza. Mi ego estaba en su punto álgido, repitiéndome insistentemente "di a todo que sí, que vales para un roto o un descosido, que tú no sabes idiomas ¡Eres el que los ha inventado!..." y toda una retahíla de aleluyas personales que me hacían ir seguro de mí, con una sonrisa de oreja a oreja que me asemejaba a un retrasado mental, feliz por el vuelo de las mariposas que algún chaval lleno de razón aplastaría con su insignificante dedo. La tormenta que me recibió a mi llegada a Santiago debía haberme advertido del nubarrón que se avecinaba, pero yo, con mi inconsciente juventud, me dirigí a la Calle del Pitorreo, firme y sacando pecho. Una vez allí, busqué el número 13, que se trataba de un edificio de estilo bloque comunista, rectangular y sobrio, frío y sin vida, en cuya boca me adentré como aquel que va en busca del Santo Grial. Me habían dicho que era en el primer piso así que pulse el 1 del descascarillado ascensor, donde otro aspirante había escrito No hay futuro que valga ocho años de carrera. "La gente que derrotista es", pensé. Se abrió la puerta y... ¡No había ninguna oficina!, solo apartamentos particulares. ¿Me habría equivocado?... No, era ahí. Los fuegos artificiales se dispararon dentro de mí hasta la cabeza, la adrenalina me causaba urticaria. "Tranquilo" me decía sin mucho éxito, hasta que observé que las escaleras no iban hasta el portal sino hasta ¡Otro piso!. ¡Uf!, no era en el primero sino en el entresuelo, esos pisos sin número que son sin ser. Bajé y allí estaban las oficinas. Una señora que parecía parte del mobiliario se hallaba tras la barra trabajando mecánicamente y no se habría dado cuenta de mi presencia ni aunque le mandara un sonoro corte de manga.

- Buenos días, vengo por lo de la entrevista de trabajo -le dije, tan entusiasmado que podría haber pensado que pretendía invitarla a tomar un café.

- Sí, pase y espere en la salita -me contestó tras una larga pausa y sin levantar la vista de su quehacer.

Entré, me senté y observé las revistas que había sobre la mesita de la sala de espera, hasta que una llamó mi atención, una Interviú que estaba debajo de una Hola que solo dejaba ver el nombre de la primera. "¿Cuál será la famosa de la semana?, no hay nadie, solo un vistacillo rápido, si viene alguien lo oiré", me autoconvencía mientras mi ego se transformaba en lívido. Así que la cogí y la ojeé animosamente. Justo en ese momento se abrió la puerta estrepitosamente, haciéndome pegar un salto en el asiento y soltar la revista, que cayó en el suelo abierta por la página 69, donde estaba fotografiada una rubia de Silicon Valley que ni el hombre de traje que abrió la puerta ni yo pudimos evitar observar. Luego nos miramos mutuamente, él mi enrojecido cutis y yo su seria cara. Recogí la revista maldiciendo los hados, intentando no perder la sonrisa y le tendí la mano al tiempo que me presentaba. El hombre del traje miró mi mano con cara de asco, como si estuviera pensando en otras utilidades para esta más acordes con mi lectura, pero finalmente me la estrechó, recuperó la compostura y se presentó, indicándome que pasara y me sentara al otro lado de la mesa que él estaba ocupando.

Tras las típicas presentaciones y una rápida lectura a mi curriculum comenzó la entrevista que de tan mal humor me tiene.

- No está mal, no está mal -observó sin levantar la vista-. Licenciado, 2 masteres, un buen número de cursos -iba enunciando mientras yo me enorgullecía de ello-. Conocimientos de inglés. ¿Qué tal el francés?

- Bueno... alguna idea... vamos que no es que sepa francés... pero siempre se puede aprender, aprendo rápido -le contesté dándome cuenta de que las cosas se ponían cuesta arriba, ya que el único francés que conocía tenía más relación con la revista antes citada que con la lengua de Francia.

- ¡Um!, ya veo, ¿Alemán? -volvió a la carga, como si no se hubiera dado cuenta de mis debilidades, o precisamente por ello.

- ¡Eh!... dicen que es parecido al inglés, aprendo rápido -volví a contestar sin creérmelo. El barco estaba tocado.

- Sí, bueno... -rió el muy cabrón como si lo que acabara de decir fuera una tontería-. Algo se parecen. ¿Experiencia?. No veo nada por aquí.

- Bueno... precisamente por eso estoy aquí, para adquirirla, aprendo rápido -contesté ya un poco confuso, pues en la oferta de empleo se pedía alguien sin experiencia, para trabajos sencillos de oficina y reparto, o sea chico de los recados; motivo por el cual no entendía para que debía saber alemán, a salvo que las instrucciones de la fotocopiadora estuvieran en dicho idioma.

Estaba empezando a ponerme nervioso, siempre era la misma historia: experiencia. Solían pedir dos años de experiencia, pero nadie tenía esos años ni la posibilidad de tenerlos, así que al final solo los de siempre tenían posibilidades, y para una vez que no piden experiencia me lo sacan a colación. Por si fuera poco había un flexo encendido sobre la mesa que apuntaba más hacia mi cara que hacia su objetivo lo que hacía que me sintiera más en una comisaría que en una oficina.

- ¿Le molesta la luz? -me inquirió al darse cuenta de mi transformación en chino mandarín-. Ahora mismo se la apago, es que aquí hay poca luz pero no me gusta que me refleje directamente en el papel -se explicó mientras apagaba el aparato de tortura, aunque yo ya no me creía nada de lo que dijera ese nazi.

- Bueno, como sabes no es un trabajo acorde con tus estudios, por lo tanto se te pagaría mucho menos de lo que esperabas a lo mejor -me adelantó de buena fe o para desanimarme, que nunca se sabe.

- No importa, lo fundamental es empezar, entrar en el circulo ya sabe… -le contesté intentando no pensar en el Guantánamo laboral que se me estaba proponiendo.

- Sí, claro, pero he de advertirte que la empresa no pasa por su mejor momento, así que se trataría de un contrato a tiempo parcial aunque en realidad trabajarías la jornada completa -me espetó como si estuviera empeñado en que no cogiera el trabajo-. Además, antes de que se me olvide, te descontaríamos del sueldo nuestra parte de la seguridad social… son malos momentos.

"Sí, para la lírica", pensé yo mientras buscaba alguna frase positiva que decir, aunque solo se me venían a la cabeza los mineros ingleses del siglo XIX.

- Ya. -fue la única palada que mis mineros lograron sacar de su negra oscuridad.

- Bueno, ha sido un placer -me dijo el negrero mientras me estrujaba el alma en forma de mano-. Tenemos tu currículum, ya te llamaremos.

El ejército de mi esperanza se batió en retirada abandonando el edificio, arrugué el papel en el que tenía apuntada la dirección de tan fabulosa empresa, con la certeza de que nunca me llamarían, lo que en parte era de agradecer, y lo tiré a unos contenedores cercanos intentando introducirlo por la ranura que quedaba abierta, pero no era mi día. Allí lo dejé, empapándose de tristeza. Si lo hubiera recogido y lo hubiera tirado dentro del contenedor, al abrir la tapadera me hubiera encontrado varias bolsas llenas de curriculums como el mío, de los que, para desgracia de todos, no se aprovechaban ni las tapas plásticas. Pero gracias a Dios no lo hice.

El tren entró en el andén casi sin que lo percibiera y me despertó de mi pesadilla. Cogí mi entumecido cuerpo y me adentré en el gusano que me devolvería al calor de mi casa y a la lista del paro. Me senté y seguí mi inútil lectura sin prestar atención al mundo que bullía a mí alrededor.

Cuando ya llevábamos un trecho de viaje alcé la cabeza y miré el húmedo paisaje a través del circuito de carreras que surcaban cientos de gotas. A mi izquierda unos pasajeros dormían, otros leían, una chica pensaba en su amado novio, sin saber que a esas horas estaba estudiando anatomía con su mejor amiga, y un chiquillo metía el dedo en la nariz como si se tratara de un ansioso buscador de oro que… ¡Eureka!, había encontrado un sustancioso botín que rápidamente escondió en un lugar secreto para que nadie lo encontrara, o eso espero, mientras miraba a uno y otro lado, no fuera a ser que algún amigo de lo ajeno se hubiera dado cuenta. Fue entonces cuando presté atención a la conversación de los pasajeros que llevaba delante.

- ¿Qué tal el día?.

- Un coñazo, como siempre. Currando mogollón de horas para que al final de mes te paguen media jornada y sin horas extras. -le contestó el hombre que estaba justo delante mía; otro pobre desgraciado que sufría las inclemencias de la política neoliberalista.

- ¡Joder!, no sé adonde iremos a parar.

- Y eso por no hablar de cómo bajan los sueldos al tiempo que se multiplican los precios -se quejó el hombre… ¡Cuya voz conocía!.

- O los pisos, o te crees que sino iba a estar viviendo con los padres de mi mujer.

- ¡Qué desastre! -río la voz conocida mientras yo, lentamente, intentaba erguirme para de alguna forma verle la cara-. Aunque lo que más me fastidia es hacer de malo de la película en las contrataciones. ¡Joder!, si los pobres idiotas supieran que soy un puto becario se reirían en mi cara.

Pero yo no me reí en su cara cuando por fin pude ver su rostro reflejado en el cristal y reconocí a mi tirano entrevistador, más bien me dio pena, pero no solo por él sino más bien por los millones de jóvenes preparados que no tenemos una salida laboral digna. Hasta hubiera preferido que sí fuera un chulo empresario, al menos así uno de nosotros se habría salvado de la quema. Volví a hundir mis ojos en la trágica lectura, y pintado en medio de uno de los muros de Auschwitz pude leer: No hay futuro que valga ocho años de carrera.

Pontevedra - 2005

 

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No hay futuro que valga ocho años de carrera

Guillerme Peres


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