NOCHE DE PAZ
La mañana se despereza fría y coagulada. Se diría que rota, quebrantada en mil pedazos de hielo que congelan el rostro de la ciudad.
En la plaza, convertida hoy en pista de patinaje, se prolonga la noche y se entretiene el alba. El chorro de la fuente fría ha dejado caer algunas gotas de escarcha y, poco a poco, las estrellas se diluyen devoradas por una esquiva claridad; se retiran hacia algún confín ignoto, demasiado alejado de la vista incluso para seguirlas. El trámite resulta lento, un poco más indolente cada día y los pobladores de los bancos, los habitantes del tresillo de madera, añoran el sol, la tibieza del otoño, el sofoco del verano con su estufa de carbón.
Se han escapado los buenos días. Se han escurrido de entre los dedos como granos de arena en una duna inmensa y despoblada. Una alfombra de hojas machacadas recubre, ahora, los parterres, el suelo de la plazuela, y el ambiente es plomizo, afilado y punzante, como inacabado. No más flores, ni balones ruidosos, ni pájaros cantando.
Algún perrillo madrugador da vueltas sobre si mismo buscándose la cola. En su inocencia perruna sostiene la fantasía de que, aquello que pende de su trasero, es una enorme y esquiva salchicha dispuesta para ser engullida. En esta guerrilla particular, el can organiza algún que otro barullo. Sacude unas cuantas latas, gruñe resentido con su propia sombra y rebota contra las patas oxidadas de los bancos, despertando a más de un alma recogida.
Los residentes duermen a ratos, a trompicones. La pequeña fogata de la víspera, se apagó hace mucho. Medio cubiertos entre cartones, las barbas se han cuajado y presentan un aspecto blanquecino y tieso, como de ancianidad prematura. La helada ensancha la noche, la puebla de desalientos. Una luna, perforada y redonda, sonríe desde las alturas como un queso demasiado lejano para poder hincarle el diente. Y aún quedan muchas otras. Vigilias sin sueños enguantadas de blanco, afiladas de acero; doloridas en los huesos que retienen el frío. Voraces de hambre en el pozo vacío de las papeleras sin fondo. Alguna colilla apurada entre dientes. Bocanadas de hielo entre extraos compañeros.
Las primeras gentes van y vienen a su tarea y un despertador rebota en los confines de una mesilla estrecha. La ciudad despierta, se despereza justa, ecuánime. Los semáforos crujen, los coches forman en el cruce como pequeñas guarniciones de plomo y algunos ojos se desvían incómodos mientras dura la luz roja. Impávidos ob- servan la misma escena. Esquivos. Y nada cambia.
El perrillo consumido, harto ya de dar vueltas a la noria de la gula, se detiene junto a uno de los cuerpos pasmados, olisquea con- tento y comienza a lamer una mano que pende hacia el vacío. Y una caricia escapa desmañada, casi artrítica, dentro de un guante sin zurcir. Pero el acto es reflejo, perdido entre los vapores del sueño, huido de la realidad por falta de costumbre.
Es otra mañana que despunta. Que pasea por el parque como una rígida dama encopetada. Una más, azul y despavorida, pero letárgica. La necesidad humilla los cuerpos. El ayuno los hunde en un bendito sopor, en una agradecida hibernación que hace la jornada más llevadera, menos temporal. Son los mismos de siempre. Presentes y marciales. Dolidos y olvidados. Una flotilla itinerante, de edad indefinida, que busca acomodo sin ser vista.
No ha habido bajas en esta mañana azul. Y el grupo se felicita recordando otras noches menos afortunadas. Como una extraña familia, los indigentes del lugar se arraciman en torno al chusco y al cartón de vino, medio vacío, que pasará de boca en boca sin quedarse. Es la hora de dar gracias. De bendecir la primera comida del día y regocijarse porque, a decir verdad, nunca se sabe cuándo será la próxima. Es también la hora de asearse en la fuente fría, de rascarle la espalda al vecino y la cabeza al pobre chucho trastocado que se ha empeñado en correr la misma suerte que este grupo singular. La hora de seguir y de volver a empezar.
Tiempo habrá de mirar al cielo. De distinguir la calle y las luces que comienzan a encenderse tras los balcones cegados, entelados de vapor. De sentir la punzada que se instala en el pecho como una corriente de aire, y añorar la casa, el mantel de encaje, la mesa puesta y el olor del café. De punta a punta de la rúa, han colocado guirnaldas, bombillas de colores y coronas de acebo, y la ciudad los ignora asfixiada por el verde del abeto, demasiado atareada en otras causas, en trascendentes asuntos. El hogar de los sin-techo se engalana por unos días y el espacio se ilumina, aderezado como la guinda de un pastel. La mirada se encandila y la piel se eriza como la de un niño chico, pero la inocencia se perdió hace mucho y ahora el firmamento amenaza con caerles encima por el peso de tanto perifollo.
El perrillo inquieto no entiende de filigranas. Corretea entre las piernas del personal y mueve la cola contento, satisfecho de hallarse. Algunos dedos fríos, de fría luna, se pasean por su lomo y él se retuerce de gusto despreocupándose de la soledad y del hambre canina que azota como una racha de viento huracanado.
Pronto serán invisibles, todos ellos. Pronto, las buenas gentes cargadas con bolsas de colores, dejarán de cruzar el parque o mirarán hacia otro lado para olvidar a esa chusma que vive en una casa sin puertas ni ventanas. Ni un reniego escapará de sus bocas, ni un suspiro de rechazo. El descuido y la transparencia se harán dueños de la plaza, del cruce y la fuente cantarina. Hasta los chiquillos desdearán del chucho canijo que cubierto de pulgas deambula solitario. Ya no querrán estirarle las orejas ni colgarle unas latas del rabo desmochado. Ya no lanzarán balones saltarines que reboten en su cabeza ni cantarán GOOL.
Le pondrán vallas al recinto ignorando las corrientes que cortan el aliento. Cada año lo hacen. Y solaparán el hambre con redadas nocturnas que calmen sus conciencias. Con estancias de lujo en el albergue del barrio. Baño, despioje y culito de sopa. Y es que diciembre avanza. La mugre se esconde bajo el felpudo y los chiquillos suspiran pegados a la pantalla del televisor.
Ningún niño sin juguete... Las muñecas de Famosa se dirigen al portal... El Turrón más caro del mundo... Las burbujas doradas de la copa de cava... Langostinos Costanova... Un diamante es para toda la vida... Relojes con la hora del domingo... El perfume de las horas perfectas...
Y la megafonía de los grandes almacenes escupe Noche de Paz.
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