SENSACIONES

A medida que subía por aquellas calles estrechas y empinadas, circundadas de casas blancas y deformes por las continuas manos de cal que habían sufrido a lo largo de su existencia, como pretendiendo tapar con la blancura el oscuro rastro de los años, el corazón iba palpitando violentamente produciéndole un nudo en el que ni reparaba con la ansiedad de llegar, por la urgencia de poder encontrar una ayuda imperiosa, por la necesidad de un auxilio inminente. La enfermedad se mostraba en el ser querido, la asfixia hacía su aparición. Había que buscar ayuda en medio de la soledad.

En esa carrera en una noche gris apenas pudo reparar en un perro que salió precipitadamente de algún rincón, asustado por la rapidez de sus pasos, dispuesto a defenderse, que la persiguió durante un tiempo casi eterno. Ella pudo percibirlo y sólo le preocupaba, en caso de producirse agresión, que se demorase la consecución de esa finalidad para la que no quería ningún obstáculo.

Con lágrimas en los ojos y con unas piernas que casi ya no respondían, cuando al fin pudo llegar… todo fue inútil. Ese ansiado y necesitado socorro no estaba presente. Con la preocupación y temeridad de lo que había dejado atrás quizás más agravado, dio la vuelta e inició el descenso con la desesperanza, con la sensación de inutilidad a toda prisa.

Un siniestro silencio embargaba toda la existencia en ese lugar, un maldito silencio que hacía que zumbasen los oídos porque no había nada que escuchar, nada que oír, aparte del ruido de los múltiples insectos.

Ese fue su destino por todo un curso académico, una población a la que se accedía por una intrincada carretera de difícil acceso, bordeada de profundos precipicios, con poca protección. Llena de curvas y estrecha en la que no cabían dos coches. Situada en la cima de una montaña como corona derramada de canas blancas iba a ser su lugar y testigo de su permanencia.

Le cedieron una vivienda temporal donde las telarañas hacían de cortina, anclada en la parte baja de un lugar vecino al cementerio, húmedo y carcelario. Dos plantas y numerosos nidos de todo bicho viviente que ni la química podía destruir. Volátiles aposentados en los cables de la luz, hasta el punto de oscurecerla, como pájaros en los cables de alta tensión. Una mísera ventana que daba a un patio sembrado de malezas, señalada con un apéndice de tronco viejo por el que ascendía el reptil, el verde animal de lengua retráctil, completaba la escena como un cuadro de mal gusto.

Especie en peligro de extinción, vino a parar al patio como una ironía del destino al que se sentía sometida. Más afortunado porque él si podía mimetizarse y tal vez tenía más capacidad de adaptación que ella. Su incapacidad venía marcada por el día a día, por la noche, en esa circunstancia que no había elegido. Un exilio provocado por la búsqueda de una seguridad futura. Pero que iba a pagar con un alto precio.

A modo de fortín un ubículo estrecho donde se pretendía un refugio de tantos miedos: un refugio para la soledad, para el frío, para el aislamiento… El resto de la estancia se mantenía vacío y deshabitado. Pocos enseres, los mínimos. No tenían ningún sentido en ese lugar.

Centro de las miradas, objetivo del aburrimiento de las mentes ociosas, se sentía como el blanco de los pocos seres humanos que poblaban ese lugar pendientes de algo que les distrajese de esa rutina tediosa en que habían convertido sus vidas. Ya tenían un estímulo, algo para aumentar su morbosa imaginación.

Los días no pasaban, eran largos, eternos, las noches frías y húmedas, el viento siempre presente podía llegar a interrumpir ese largo silencio y estremecer a algunos seres vivos que estaban ahí.

Pocas cosas tenían razón de ser, sólo el paso del tiempo, el señalar cruces en las hojas del calendario, y permanecer en el sueño el más tiempo posible para poder escapar a esa realidad impuesta por la necesidad, por la necesidad de una demostración para superar un reto. Un reto difícil que lanzaba al abismo de la desesperación a veces. Otras a la esperanza de que no iba a ser eterno aunque si muy duradero.

Los tristes amaneceres señalaban un día más que llegaba y que había que rematar dentro de la monotonía impuesta. Desde la ventana del cuarto se divisaba la carretera que serpenteaba y conducía a otro sitio similar y perdido del mundo. Un paisaje arcaico donde solo podía destacar un animal paciendo bajo un árbol. Alguna máquina transcurría por ese gusano monótono hasta que desaparecía de la vista. Testigo de los paseos solitarios, caminaba por ella quizá buscando una salida inexistente en ese limitado espacio geográfico, que le devolvía al mismo estado de cautiverio.

No había cielo, no había pájaros, ni sol. Sólo nubes desplazadas por el viento que atraían a más nubes. Una naturaleza extraña para un sitio extraño.
Un sitio muerto poblado de casas vacías y ruines. Deshabitadas en apariencia pero con muchos ojos tras las ventanas que le señalaban como intrusa. Llenas de espíritus de los que fueron sus moradores que luchaban por manifestarse porque se les veía, se les sentía, se les notaba…

Sonidos aislados de algún campanario que recordaban la presencia de la muerte para que los espíritus siguiesen ganando y ocupando su sitio, porque su sitio era ese… Allí estaban predestinados y permanecerían en la eternidad.

La pobreza y miseria se manifestaban en ese entorno de tal manera que había contribuido a la emigración de muchos de sus pobladores. Los que permanecían ostentaban una gran altivez como poseídos por la desconfianza. Un orgullo zafio quizá procedente del aislamiento voluntario al que se sometieron.



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C. Giménez


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