UN BESO EN LA ESQUINA

Florián los veía pasar todas las mañanas y todas las tardes desde la ventana de su casa. Temprano lo hacían hacia el centro y al caer el sol hacia su casa. Al menos Florián dedujo que tales eran los destinos basándose en meras suposiciones. Desconocía dónde vivían, pero seguramente tenían su domicilio en el barrio, ya que también los veía a menudo en los comercios cercanos, por lo general juntos.

Ambos tenían el cabello blanco, ambos caminaban despacio por la obligada calma que implican los años, y a ambos se los veía felices y enamorados como si fueran adolescentes que acababan de confesarse su cariño. Como si de un ritual se tratara, al llegar a la esquina de Sensatez y Sentimientos se detenían, se miraban por un largo instante y finalmente se besaban con una ternura increíble.

Les prestó atención por primera vez una mañana en que, lánguido, miraba hacia la nada por la ventana mientras pensaba qué podría hacer para no aburrirse, entonces le resultó curioso que a esa edad los abuelos caminaran tomados de la mano, pero mucho más llamativo fue presenciar aquel beso tan calmo, tan suave, tan lleno de amor y que pasaba desapercibido para el movimiento de aquella esquina, donde comenzaba a perfilarse el centro comercial de la ciudad.

Conocía historias de gente que se reencuentra con el amor en el otoño de sus vidas. Consideró que aquellos añosos tortolitos eran un ejemplo de ello, no había otra explicación, pues se le antojó inconcebible que tras un largo matrimonio conservaran, razones físicas de lado, la misma pasión de cuando jóvenes. Aquello derivó en la conclusión de que vivían en un asilo, abandonados a su suerte por hijos demasiado ocupados en sus cuestiones, y así, en una convivencia obligada, congeniaron y unieron sus corazones empujados por la soledad.

Sin darse cuenta comenzó a esperarlos todas las mañanas y todas las tardes, como lo hiciera de niño al aguardar el paso de aquel avión que pintaba en el cielo una estela blanca que tardaba en desaparecer. Y una mañana Florián decidió presenciar la escena a menor distancia, valiéndose para ello del kiosco que se encontraba en Sensatez y Sentimientos. Ya conociendo los puntuales horarios de la pareja, bajó minutos antes de lo acostumbrado y tras comprar el diario se apostó a leerlo en la vereda del comercio, con la espalda y un pie apoyados en la pared. De reojo la vio venir y trató de parecer absorto en la lectura.

Con esa cercanía descubrió que eran más ancianos de lo que había pensado. Las arrugas delataban verdaderas historias de vida, pero sus ojos eran tan brillantes y vivaces que contrastaban en esos rostros que se apergaminaban todavía más con las sonrisas que llevaban dibujadas.

Ella debió haber sido una mujer muy bonita en su mocedad, pensó Florián, mientras que el hombre indudablemente se había destacado por su don de caballero, que aún se vislumbraba en la constante deferencia que demostraba hacia su acompañante.

Pasaron a su lado sin prestarle atención, hablando de temas banales que Florián no pudo oír, pero pensó que se referían a la proximidad de la primavera o a lo grande que estaba su nieto. Al llegar a la esquina se detuvieron.

Por sobre el marco de sus anteojos para sol se concentró en la escena que casi todos los días presenciaba desde la ventana, sintiendo una rara emoción al ver la manera en que se miraban. Ya no hablaban, parecía que podían comunicarse perfectamente con los ojos. Las manos de él ciñeron la cintura de la mujer, cuyos brazos rodearon el cuello del hombre. Lentamente, muy lentamente, acercaron sus bocas y cerraron los ojos cuando los labios se encontraron en un beso intenso pero delicado. Un segundo eterno duró aquella caricia, tras lo cual se miraron, se sonrieron y volvieron a tomarse de las manos para seguir caminando.

- ¡Qué amor! ¿No?

Miró al kiosquero, que asomado a la ventana que oficiaba de mostrador sonreía mientras seguía con la vista a la pareja.

- ¿Qué cosa? -respondió doblando el diario y sintiéndose un poco en falta-. ¡Ah!, los abuelos.

- Pensar que se casaron hace sesenta años.

- ¿Sesenta años? ¡No puede ser!

- ¿Por?

- Nadie se quiere así después de sesenta años.

- Mi padre siempre decía: "Todas las generalizaciones son relativas, incluso ésta".

- Msé– quién sabe– el mío decía: "La realidad supera a la ficción". ¿Conoce a los viejitos?

- Claro, desde que era pibe. Son los Flores, él era ferroviario y ella empleada en una tienda, unas personas maravillosas.

Miró al kiosquero y calculó que habría nacido a poco de casarse los abuelos.

- Parece que algunos se quieren toda la vida -dijo, silenciando sus dudas.

- Por suerte -dijo el kiosquero. - Por suerte -repitió, y se marchó hacia su departamento tras saludar levantando el diario.

Mientras caminaba Florián pensó que si los abuelos llevaban sesenta años juntos y aparentaban rondar por los noventa de edad, significaba que cuando se enamoraron debieron ser menores que él.

- Si eso es verdad, han de ser excepcionales -se dijo al mediodía, que lo sorprendió meditando todavía en el asunto.

Ensimismado en aquella pequeña historia que estaba comenzando a descubrir, recordó la suya propia y los pensamientos lo llevaron a recordar sus relaciones más fuertes, aquellas con las que sintió o creyó sentir amor. Rememoró a Clara, la hermosa y dulce Clara, que conoció en sus épocas de universitario, que tanto desvelo le provocara cuando era incierto si se daría o no el romance que tanto deseaba. Hasta se hizo poeta, escribiéndole versos malísimos pero rebosantes de ternura. Se habían jurado mantener por siempre el amor, pero a los seis meses dejaron de verse, sin peleas y sin rencores, tan sólo aburridos el uno del otro.

La hermosa cara de Silvia también le vino a la mente. Qué coraje había tenido al entrar en la mercería donde trabajaba y decirle sin rodeos: "No imaginás lo feliz que me harías si me aceptás un café cuando salgás de trabajar". La negativa estuvo acompañada con una sonrisa que lo alentó, y así, todos los viernes por la tarde repetía la rutina, recibiendo igual contestación hasta que agregó una advertencia a la invitación: "Si no me pedís que te deje en paz, voy a seguir viniendo todos los viernes". La sonrisa entonces se hizo risa, una hermosa y melodiosa risa coronada con un "bueno, pero un café y nada más". Claro que el café fue prólogo de una pizza y luego ambos caminaron despacio hasta la casa de ella, en cuya puerta Florián la invitó a bailar el sábado. Silvia dijo que tenía programado salir con unas amigas, pero le indicó adónde iría y allí fue también él, monopolizando otra vez su compañía y logrando que el domingo por la tarde aceptara ir con él a tomar un helado. El viernes siguiente repitieron lo del anterior, el sábado fueron al cine y a mitad de la película se besaron por primera vez. Dos años después discutían cómo dividir los muebles que habían comprado. Al menos habían sido cautos no contrayendo matrimonio.

Andrea también era bonita. Florián siempre tuvo buen gusto en cuestión de mujeres. Bonita, inteligente y dulce. Era maestra jardinera y le encantaban los niños. La conoció en un acto escolar al que asistió para ver a Tito, su sobrino más pequeño, interpretando a una naranja en una pieza titulada "Las frutas son saludables". Después debería mentir sobre lo excelente que le había parecido la obra, ya que su atención fue robada por la encantadora joven de cuadriculado delantal.

Desde entonces Florián pareció más interesado que su cuñado en el futuro de Tito, ya que las reiteradas visitas a la escuela para preguntar cómo iba el niño con los estudios (aunque recién comenzaba el jardín de infantes) se convirtieron en una constante.

- Con ésta me caso -le prometió a su hermana cuando con- quistó a Andrea.

Pero no pudo cumplir. Conforme avanzaba la relación, Andrea descubrió que Florián no encajaba en el proyecto de formar la familia de sus sueños.

Nadie muere de amor y él sobrevivió. Hecho el duelo, el amor se le volvió a cruzar en el camino con otras caras, otros nombres, otras situaciones. También otros finales.

Al borde de los cuarenta comenzaba a rumiar la resignación de ser un solterón empedernido, con la certeza de que el amor eterno es la mentira que todo el mundo quiere creer, idea que se afianzaba al ser testigo de la relación de sus amigos con sus esposas, donde la rutina parecía ser el vértice que hacía de las parejas un triángulo condenado a una inexorable chatura.

Qué hermosa ilusión es el amor, que se deja percibir, se deja saborear, se deja palpitar, para esfumarse del mismo modo en que apareció y ya no volver. Así es el sentimiento que mueve al mundo y Florián optó por huir de él, pues había comprobado demasiadas veces que el precio a pagar por sentirse pleno siempre terminaba empañando sus más hermosos recuerdos. ¿Cómo añorar la primera conversación a solas con Clara, si de fogosos amantes pasaron a ser amigos, luego conocidos y más tarde apenas se saludaban? ¿Cómo rememorar contento los dos años con Silvia, cuando la relación casi termina con la participación de abogados? ¿Y Andrea, y las otras... dónde había quedado el amor que les tuvo y que le tuvieron?

Y de repente se encontraba con aquellos ancianos que se trataban con tanto afecto a pesar de los años juntos. Sus opiniones sobre la durabilidad en las relaciones de parejas se debilitaban y confundían.

- A esa edad no creo que tengan sexo -pensaba -. Ya deben conocerse uno al otro mejor que a sí mismos. No han de tener ningún secreto, seguramente se hablaron todo lo que podían hablarse, hasta la rutina los llevará a ignorarse la mayor parte del tiempo... ¡Es lógico que sea así! Pero esas miradas, esos besos, esa ternura– ese amor, después de tanto tiempo...

Florián se jactaba de ser práctico y ese rol adoptó ante lo des- agradable que le resultaba la idea de caer en obsesiones inútiles. Modificando levemente sus hábitos, casi casi como moviendo apenas el minutero de su reloj, le bastó para que dejara de ver todos los días a los Flores y su ritual romántico. A los pocos días llegó a olvidarse de su existencia y a ocuparse en sus propios asuntos. Algún día llegaría a la conclusión de que también era práctica la hipótesis de que el amor eterno no es más que una cómoda quimera.

Cierta mañana, meses después, a mediados de primavera, desayunaba cuando algo incierto le trajo la pareja de abuelos a la memoria. Empujado por la nostalgia caminó hasta la ventana y decidió terminar su taza de café esperando su paso, pero el reloj acusó la hora de irse y los Flores nunca aparecieron.

El subconsciente se debió haber sentido intrigado, ya que la tarde encontró a Florián sentado en la ventana, aguardando el regreso de los ancianos, escena que tampoco pudo ver. Sin darse cuenta, aquello se fue convir tiendo en una pequeña obsesión que lo llevó a montar guardia durante las mañanas y tardes siguientes, sin tener éxito.

Intrigado, decidió confirmar sus sospechas y lo hizo al comprar el diario en la esquina de Sensatez y Sentimientos.

- ¿Y los Flores? Hace mucho que no los veo -dijo mientras pagaba.

- ¿No se enteró? La señora falleció hace unas semanas, le dio un infarto -respondió el kiosquero con un tono triste en la voz.

La noticia le provocó a Florián un escalofrío y lo dejó absorto, mirando a quien se la diera con ojos incrédulos.

- ¿Y él? -dijo después de unos segundos de mutismo.

- No lo he visto, pero imagino que debe estar abatido.

Resultaba fácil imaginarlo. Florián mismo, sin conocer a los ancianos, sucumbió ante una angustia propia de quien ha perdido a un ser amado y no alguien desconocido y domiciliado algunas cuadras al sur.

El otoño llegó más frío que años anteriores y quizá por ello más melancólico. Al menos así le pareció a Florián. Ya no miraba por la ventana en ciertos horarios, pues de inmediato recordaba al matrimonio y la pena lo embargaba.

Pero una de esas mañanas de hojas amarillas bailando al ritmo de frescas brisas, cuando salía a la calle, vio a don Flores llevando el camino que tantas veces hiciera junto a su esposa y se quedó quieto, mirándolo.

El anciano llegó a la esquina y se detuvo, mirando a la nada, según cualquiera podría suponer, pero Florián supo que la fuerza del recuerdo le dibujaba frente a sí una cara harto conocida.

Se llevó las manos al rostro y Florián sintió una molestia en la garganta en tanto su mirada se empañaba. Cuando se secó las lágrimas que no habían llegado a salir, don Flores había cruzado la calle y él, sin pensarlo, caminó en la misma dirección.

Con el paso más lento que nunca, el abuelo llegó a un bar ubicado en Torna y Sorrento, al que entró. Quien lo seguía hizo lo mismo minutos después, luego de preguntarse qué pretendía, pero antes de hallar respuesta lo vio sentado a una mesa del fondo, junto a la vidriera que daba a Torna. Era el único parroquiano. Se lo veía tan indefenso, tan desvalido y vulnerable, que Florián temió que muriera allí, antes de que le sirvieran el pedido.

De chaqueta blanca, moño negro y engominado cabello gris, el mozo llegó con su bandeja y dejó en la mesa del abuelo dos pocillos de café con una actitud tan natural que provocó una sorpresa obvia.

- Un cortado -dijo Florián, sin apartar la vista del vecino, para luego encender un cigarrillo y disimular.

Don Flores miraba hacia delante mientras revolvía el azúcar. Una débil sonrisa curvaba sus labios. La diestra, apoyada en la mesa, de a ratos se levantaba un poco, como queriendo posarse en otra mano inexistente, pero volviendo a posarla sobre la madera, resignada.

- Vino más fresco este otoño, ¿no?

Tras decir aquello se sintió entrometido, como si se inmiscuyera en un ritual sagrado. El mozo, desde la barra, lo miró por un instante pero no le prestó mayor atención. Pensó entonces que don Flores no le habría oído o que, ensimismado en su mundo, ni siquiera había notado su presencia, pero no fue así.

- La verdad que sí -dijo tras unos instantes, sonriéndole.

- Para mí que es por la tala en las selvas. Esas cosas afectan mucho al clima -se le ocurrió agregar para prolongar la conversación.

- Algo parecido escuché en el noticiero, ha de ser así.

- De todos modos el pronóstico anuncia un invierno menos frío que el año pasado.

- ¿Ah sí? Ojalá, el frío húmedo me hace doler los huesos. Hace años me quebré una pierna y suele molestarme bastante.

- Lo mismo me pasa a mí en este brazo -dijo señalándose el izquierdo-. Me fracturé cuando era adolescente y todavía me duele con la humedad.

- En su caso puede ser imaginario, se le instaló en la mente que le iba a doler y termina pasando. En cuanto a mí, es diferente, tengo noventa y tres años y la máquina se herrumbra.

Dejó escapar una risita amable tras la humorada y dio un sorbo al café. Florián se sintió a gusto con esa charla trivial y quiso que no terminara pronto.

- Siempre lo veía con su señora -dijo finalmente, aunque se arrepintió de ser tan directo-. Supe que falleció y quiero que sepa que lo lamento mucho.

Don Flores lo miró con asombro, dejando el pocillo suspendido cuando iba a llevarlo a los labios. Florián creyó que había cometido una gran torpeza. Quizá una fantasía senil mantenía a la mujer viva en la mente del anciano. El pocillo de café frente a la mesa vacía era un fuerte indicio de ello.

- Es muy amable -dijo tras un instante, interrumpiendo aquel sorbo-. Son las cosas de la vida, joven. ¿Pero por qué lo lamenta?

- Vivo en Sensatez, a media cuadra de Sentimientos. Muchas veces los vi pasar frente a mi departamento y se veían muy unidos.

- Muy unidos, es verdad. Nos enamoramos quizá antes de que nacieran sus padres, hace sesenta y dos años.

- Hacían una hermosa pareja y realmente es muy lindo que a pesar del paso del tiempo se quisieran así, se les notaba. Podría de- cirse que me despertaron simpatía, les tomé afecto. Por eso lo lamento.

- Gracias -tardó en decirlo y Florián entendió que fue para dominar la emoción.

- Su nombre era Olga, la chica más hermosa que había visto en toda mi vida -comentó tras un silencio, notándose el orgullo pintado en su cara-. Trabajaba en una mercería junto con mi hermana, que murió hace varios años. Ella nos presentó y el flechazo fue inmediato, amor a primera vista, como le dicen. Yo era maquinista de la línea Paraíso Perdido y viajaba mucho. ¡Oh! Cuando estaba lejos tenía terror de volver y enterarme de que se había enamorado de otro. Es que en aquella época ponerse de novio llevaba su tiempo y por más que nos gustábamos, había que ir cumpliendo todas las etapas, pero tuve la bendición de que me eligiera y nos casamos. Imagínese, en tantos años pasamos por muchas situaciones, buenas y difíciles, sin embargo fuimos muy felices a pesar de que no pudimos tener hijos.

Tener un hijo. Florián había experimentado la necesidad de ser padre en más de una ocasión, al jugar con sus sobrinos, al visitar a sus amigos casados y verlos con sus niños, no obstante la soltería y su filosofía de que todo amor es perecedero incluyeron la abolición de ese proyecto de vida. Pero aquella pareja, aquella increíble pareja, se había amado hasta el fin sin que su unión les diera alguien por quien velar.

- ¿Sabe? Hay algo que me resulta sorprendente. Como le dije, los veía a menudo y era notorio que se querían muchísimo. Hasta llegué a pesar que se habían conocido hacía poco tiempo. Dígame, ¿cómo es que luego de tantos años juntos sentían casi lo mismo que cuando se conocieron?

Don Flores esbozó una triste sonrisa y durante algunos instantes se perdió en sus cavilaciones. Finalmente lo miró y se diría que la felicidad se había asomado en su semblante, pero sólo por un momento.

- Siempre consideré a Olga como lo mejor que me pasó en la vida. Fue una esposa maravillosa y una amiga incondicional, tomé conciencia de ello cuando nos casamos y jamás me sentí defraudado. Hubo un tiempo en el que tuve temor de que la rutina arruinara el matrimonio, porque no quería cansarme de ella ni que ella se cansara de mí... usted sabe, es natural que esas cosas pasen e incluso que todos lo pensemos en algún momento. Pero descubrí el secreto y vaya si sirvió.

- Si cree que no le voy a preguntar de qué se trata, está equivocado.

- Y se lo voy a contar con mucho gusto, además es algo sumamente sencillo. Sólo imaginaba mi vida sin ella.

- ¿Pensaba cómo sería separarse?

- No necesariamente. Simplemente trataba de imaginar las cosas buenas y las cosas malas de vivir sin Olga. Todas las mañanas lo hacía, al despertar, antes de abrir los ojos. Pero lo pensaba en serio, con profundidad, así como usted hará flexiones y otro sale a trotar, yo hacía eso, ¿y sabe qué?, al mirar a mi lado y encontrarla dormida me sentía el hombre más afortunado del mundo. Supongo que ella sentía mi dicha y se le contagiaba. ¿Ya ve qué cosa tan sencilla?

Florián no supo qué decir. Recordó los días en que los viera tomados de la mano o dándose ese beso y pensó que hubiera sido muy bueno que murieran juntos. Consideró que la naturaleza debería contemplar ese tipo de detalles para ser perfecta.

Mientras se dejaba llevar por sus meditaciones no reparó que sus ojos estaban fijos en otro pocillo.

- Noto que le llama la atención que haya pedido dos cafés. No crea que estoy loco, senil seguramente, pero bastante bien para mi edad. Siempre pido dos cafés, me sentiría mal si no lo hiciera pues con mi esposa veníamos aquí todos los días, y si bien ahora estoy solo, no quiero dejar de venir. El mozo puso cara rara el primer día nomás, pero se acostumbró rápido. Es que no sabía que Olga había fallecido. Él sí debe creer que estoy loco.

¿Sería posible aquella historia? ¿Acaso aquel viejo no estaba tomándole el pelo contándole su romance perfecto? Claro, en la vida hay de todo y por qué no una excepción. Florián mismo había catalo- gado de excepcionales a los Flores.

- La vida es como el amor y como todo, nada es eterno -dijo más para sí mismo que como parte de la conversación.

- No estoy de acuerdo con eso -respondió el anciano-, mi amor por Olga durará hasta que me muera, y después... quién sabe, quizá pueda seguir amándola. Fíjese en mí, así como me ve, hubo una época en la que no era mal parecido y siempre gusté de comprarme buena ropa. Tuve mil oportunidades de estar con otras mujeres, y mujeres lindas, nada de feas... pero siempre pensaba en Olga, en lo mucho que la amaba y en el daño que le causaría si le fuera infiel. Nunca podría habérmelo perdonado, aunque ella no se enterara, el compromiso era conmigo mismo nomás. ¿Si ella me engañó alguna vez? Quiero creer que no, estoy seguro que no, porque el amor que me tenía se podía sentir. No es fácil de explicar, tendría que vivirlo. Realmente deseo que alguna vez le pase, si es que ya no le pasó.

Don Flores se puso de pie tras dejar un billete sobre la mesa. Florián se ofreció para acompañarlo pero el anciano se lo agradeció, quería caminar solo. Entonces se quedó unos minutos analizando aquella conversación. Quizás eso de la media naranja fuera cierto y cada persona tuviera un alma afín en alguna parte.

Dejó unas monedas por su cortado y se dispuso a marcharse, pero al pasar junto a la mesa que ocupara su nuevo amigo se detuvo sorprendido. Los dos pocillos estaban vacíos y no recordó haber visto al abuelo bebiendo de ambos.

Pero Florián era práctico y odiaba dejarse atrapar por obsesiones. En la vereda vio al viejito con su paso cansino, alejándose hacia el centro. Él caminó en sentido contrario.

 

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Un beso en la esquina

Alfredo Gabriel Salinas


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