UN INSTANTE EN OSLO

Se me presenta vivo el recuerdo de haber discutido con ella esta mañana, y no me apetece coger un avión ahora. Otro más, éste para ir a Oslo a otra de las malditas conferencias médicas a las que me obligaban a ir en el hospital. Como si ya no fuera bastante con el viaje, para tener que ir además con esta sensación de malestar por lo que se podía haber evitado; pero ni yo lo hice, ni ella lo hizo.

Ahora nos llaman para embarcar, y mientras espero en la cola la llamo una vez más, y sólo consigo volver a escuchar ese frío mensaje que me dice que el móvil o está apagado, o está fuera de cobertura. Pruebo a llamar a casa, y escucho mi propia voz en nuestro anticuado contestador. Dudo por unos instantes si dejar un mensaje, y entonces me pide la azafata la tarjeta de embarque mientras me recuerda que debo apagar el teléfono. No dejo el mensaje, y apago el móvil.

Me siento en el asiento de pasillo que había solicitado para evi- tar la ventanilla que me hace sentir en el aire tan, tan frágil. Cojo dos periódicos. Con eso y un libro de relatos que llevo en el maletín, pienso que tendré suficiente para todo el viaje. El libro no lo voy a leer en el orden al que me obligan, esto es, un relato tras otro desde el prin- cipio hasta el final, sino que me voy a leer primero los relatos impares, y después los pares. Ahora me ha dado por ahí; hay épocas donde leo primero los de mayor extensión, otras los de menor. Hace dos años me dio por leerlos todos menos uno, que se quedaba en mi limbo particular de lo que existe pero no para mí, que en lo que a mí respecta es como no existir en absoluto. Ella me dice que son rarezas de un tipo raro, y yo le suelo decir que para rara su madre, que colecciona sellos. Si por lo menos coleccionase las cartas, colecciona- ría la vida, o algo parecido. "Me falta la carta donde Pepa Pérez corta de una vez por todas -es verdad que se lo tenía merecido- con Pepe Gómez; por otro lado tengo la última carta, suplicante, que él le envía pero, claro, sin la carta que me falta la historia no parece la misma..."

Leo el primer periódico y, como siempre, me aburre mortalmen- te. Hubo una época en que no leía ninguno en absoluto; creo que fui más feliz y, lo que es más increíble, el mundo siguió su curso con pasmosa normalidad. Lo que demuestra la abrumadora superioridad de la literatura sobre la prensa escrita es que si dejo de leer mis admirados relatos, el mundo no sigue igual... al menos para mí, claro. Pero ella me dice que no leer los periódicos supone retroceder a años oscuros, a la época de las cavernas. Y la fuerza de lo que piensen que somos superó a la tendencia natural de ser como se es, y me auto flagelo con frecuencia leyendo incluso las primeras secciones, las más aburridas sin duda.

Del segundo periódico hojeo, aquí sí que no soy capaz de más, la revistilla que lo acompaña, y sólo consigo detenerme mínimamente en un reportaje sobre la variedad de melones que hay en España y sus propiedades. Se me queda en la cabeza, casi sin querer, que favorecen el tránsito intestinal y que son muy ricos en ácido fólico; la información se me quedará en una parte del cerebro, una parte abu- rrida, pero práctica.

Cuando estoy guardando la revista en el compartimento con rejilla que tengo a la altura de mis rodillas, me habla el tipo que va en el asiento del medio, para preguntarme con qué motivo voy a Oslo, con la única intención de contarme él el suyo como si me importara lo más mínimo. No lo había mirado ni una sola vez desde que me senté, y ahora me veo obligado a hacerlo. O es un ansioso, o se ha dopado, o ha bebido. Imagino que será esto último; habla demasiado rápido y sin vocalizar. Le escucho lo justo para que no se enrolle más, y no se sienta ofendido y le dé una paranoia. Me cuenta que le envía la empresa maderera para la que trabaja como gerente, a hacer un estudio sobre un par de empresas similares, que en asuntos de madera los noruegos saben un montón.

El hombre nervioso se va animando e interpele a la chica de la ventanilla, que nos cuenta que es pintora y que va a Oslo a dibujar y a enseñar algunas de sus pinturas a unos galeristas con los que había contactado previamente desde Madrid. Cree que se va a quedar una temporada en Oslo, y nos recomienda visitar la Galería Nacional. Cuando oigo esto pienso en ella, porque pocas cosas me pueden gustar más en el mundo, como visitar museos juntos. Ella sabe más y yo tengo más viva la imaginación, y de ahí sale una combinación perfecta para ver y hablar de pintura. Sonrío al recordar que solemos marcharnos de los museos cuando ya a los dos nos empiezan a doler los riñones. El disgusto empieza a dar paso a la pena de que no haya podido venir. Ni siquiera pude dejar un mensaje que nos hiciera sentir mejor a los dos...

Mientras pienso en ella, me aíslo de la pintora y del gerente de maderas, que siguen hablando de las cosas que se pueden hacer en Oslo, con propuestas muy diferentes como lo son ellos.

Después de pasar las azafatas con la repugnante comida me leo uno de los relatos: el décimo del libro, adquirido en internet. Me aísla del viaje, de la charla de mis vecinos y de discusiones vividas. Es tan bueno que me enfada que no esté en las cristaleras de las librerías. Me sigue pareciendo mejor que el noventa por ciento de lo que leo publicado en el formato tradicional.

Entonces el avión empieza a temblar; sacudidas arriba y abajo, a izquierda y derecha; ya me gusta poco ir por el aire, así que cuando hay turbulencias lo paso realmente mal. Utilizo mi truco, que consiste en buscar entre los pasajeros que están al alcance de mi vista al que me parece más tranquilo, y trato de contagiarme y actuar como él.

Las sacudidas continúan; empiezo a pensar que la cosa va en serio cuando las azafatas se van hasta sus asientos dejando los carri- tos de la comida en el pasillo. Mientras siguen las sacudidas, nos hablan por los altavoces del avión para decirnos que atravesamos una zona de turbulencias, y que descendemos ligeramente a causa de un pequeño problema, pero que recuperaremos altura...

¡Un pequeño problema! ¿A qué le estarían llamando pequeño problema? El avión se mueve cada vez más... la gente empieza a gritar y a perder el control... yo... yo no grito... me retuerzo en el asiento ante lo que parece un desplome... dejo caer la cabeza y vomito con tanta fuerza que me duele... me quedo con la cabeza tan baja como puedo y cierro los ojos... muchas veces me ponía en lo peor, pero hoy sí creo tener motivos... pienso en ella y en que me duele nuestra última conversación, y en que no puede ser la última... sigo con los ojos cerrados...

Creo que grito antes de abrirlos, y digo creo porque en ese momento no me oigo; escucho un ruido, como si estuviese soplando un viento fortísimo, y oigo otros gritos...

Escucho mi propia respiración y entonces abro los ojos. Las aza- fatas siguen sentadas y los carros en el pasillo. No puedo hablar, y a duras penas consigo incorporarme y mirar al techo del avión... no sé el tiempo que pasa. Miro a mis compañeros de fila y parecen más recuperados que yo. Les digo algo y parecen no escucharme; respiro tan fuerte que a lo mejor no consigo hacerme oír.

Me desabrocho el cinturón y me levanto del asiento en dirección al baño. Ya dentro, me lavo la cara y las manos... me mareo... me siento en el retrete hasta que se me pasa... cada vez respiro más fuerte.

Vuelvo a mi asiento; el avión va ahora suave, casi ni lo noto volar; pero sigo mareado y parece que estoy roncando en vez de respirando... va tan tranquilo el avión, tan silencioso...

Trato de relajarme en el asiento. Echo la cabeza hacia atrás e intento dormir... se me cierran los ojos...

No sé el tiempo que pasa; de hecho no sé el tiempo que ha pasado desde que despegamos; mi reloj está parado, supongo que en la hora de las sacudidas, por los cambios de presión. Se paró dos horas después de la salida. ¿Cuánto más puede haber pasado? Como mínimo otro tanto... entonces... debería faltar poco para llegar. Se lo digo al gerente y a la pintora y no me responden; parecen no escu- charme... ¿Qué coño pasa?...

Ahora que lo pienso, el avión está demasiado silencioso, no sólo parece que no vuele, sino también que no lleve a nadie... doy unas voces y no me responde nadie; las azafatas siguen en su asiento. Voy hacia la ventanilla y veo el cielo; no se ve nada más. Voy hacia donde están las azafatas, les pregunto lo que está pasando, y tampoco me responden. Sigo hacia delante y trato de pasar a la cabina pero la puerta está cerrada o bloqueada; grito aunque sé que nadie me va a responder. Vuelvo a mi asiento y trato de dormir... cierro los ojos y pasa el tiempo; el avión sigue volando, ¿pero dónde podemos estar después de tanto tiempo, por el amor de Dios? Esto lo digo gritando, porque supongo que estoy gritando aunque nadie parece oírme...

No sé el tiempo que pasa. Voy otra vez en dirección a la cabina, paso cerca de la gente pero me siento invisible...

Antes de la cabina hay un espacio pequeño, supongo que para las azafatas. En una mesita desplegable, hay un aparato que parece una radio, o un transmisor. Pruebo a escuchar, y se oyen unos mensajes que supongo serán los que manden los pilotos de otros aviones. Hay un botón de color rojo en el aparato, lo aprieto y parece haberle cambiado la función o la sintonía. A ver si oigo algo... lo que sea...

Parece un noticiario. Hablan en inglés, Lo entiendo. " Últimas noticias del accidente aéreo. Poco más se sabe del Boeing con destino a Oslo, procedente de Madrid, que cayó al Mar del Norte. No han aparecido supervivientes y tanto la policía como los equipos de rescate señalan que es casi imposible que puedan llegar a aparecer"...

A partir de ahí sólo oigo palabras sueltas "fallo... picado... motores... los gobiernos... este año..."

Siento que respiro a voces y que grito en silencio... nadie me oye... voy hacia al asiento; vuelvo a gritar... nadie parece oírme; pero ahora sí me miran, no como antes que me esquivaban... de hecho me miran todos... ¿qué miráis? ¡Decir algo! ¡Vamos, que alguien hable de una maldita vez!...

Miro por la ventanilla otra vez; y otra vez el cielo... y me pregunto si no tendría que ser el mar...

Me tiro al suelo... no pienso... seguimos volando... eso es...

En el suelo vuelvo a cerrar los ojos. Trato de apretarlos fuerte, como cuando era niño y no me gustaba lo que veía... como si mis ojos pudieran cambiar y yo con ellos... y así cambiar el mundo...

Estoy con ella en Oslo. Ella coge mi cintura y yo su hombro, aunque a veces acerco la mano a su cuello. Paseamos por un barrio del que no me sé el nombre y que está lleno de casas de madera.

-Tenemos que ir a la Galería Nacional -le digo.

-Claro; ¿cuándo quieres ir? ¿Mañana?

-No. Ahora; vayamos ahora.

-Y pensar que estuve a punto de no venir -me dice ella.

-No lo pienses más.

-Ya; pero me da rabia que hayamos discutido por eso toda la semana.

-Siempre supe que al final vendrías.

Ya está. Sonrío y anochece en un instante...

 

 

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Un instante en Oslo

Javier Vázquez Losada


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