UN SIMPLE DRAMA DE MISERIA

El dolor era tan profundo como los recuerdos. Casi más dulce que ellos y con la hegemonía de la identidad.

Entornó los párpados y se dejó arrastrar por un río de melancolía melosa y aglutinada. El tiempo había pulverizado sus ilusiones primeras, donde los miedos de la inocencia resultaban un ajado pergamino de escaso valor. El valor rubricante de los días de esplendor que ahora se amarilleaban en los pensamientos.

Quizás su error fue permanecer arraigada a las paredes que colonizaron sus antepasados; fiel a esos muros con molduas jónicas y gris intenso. Toda su vigencia de existir estaba perpetuada en los amplios patios y en el ilustre acabado del salón principal.

Tantas vivencias y... ¡Ay!. La punzada resultó más acuciante. El final se acercaba inexorable con sus torpes pasos de agonía abominable.

Avanzó con los recuerdos para anestesiar el sufrir físico, aunque ello significara un penar del epíritu. Por el cielo de la mente se deslizó la gallardía pícara de quien fuera su compañero. Aquel que pacientemente la conquistó con sus ojos claros y los bigotes enhiestos.

El gemido pretendió escapar por encima de los pulmones oprimidos. ¡La muerte no siempre llega en los momentos justos!. Y la lágrima del pasado rodó hasta su piso bendecido. Después y más allá de aquel, el engordar de su vientre y el parir de los hijos...Todo era ausencia. Sistemática soledad con ebriedad de sombras lujuriosas que se abatían sobre su cuerpo inmolado. La nada o el todo debían estar próximos. Ya no sentía el desgarrar de las entrañas, ni siquiera la miseria a que había sido sometida le parecía importante. Era el mismo acostumbramiento que la resignó cuando vio desaparecer a cada integrante de aquello que fue su familia.

Se fue adormeciendo recordando las otrors veladas, cuando los manjares satisfacían los paladares más refinados, mientras las luces se regodeaban con las siluetas de tantos invitados. No obstante, aquello pertenecía al horizonte del ayer, mientras que hoy, la vetusta mansión estaba invadida por la malquistada suerte de dos paupérrimos jubilados.

Se intensificó el dolor y un fuego incontrolable le masticó las vísceras. El grito se silenció en una contracción y sin un último llanto, expiró.

Al llegar la mañana siguiente, Juan la descubrió. Le palpó el cuerpo con su viejo bastón de caña y exclamó: -¡Luisa, ven pronto, así compruebas que tenía razón!-

Luisa se acercó enjugándose las arrugadas manos con un gasstado delantal de color indefinido y abrió enormes los ojos cual dos globos de asombro, mientras un círculo de sorpresa se tallaba en sus labios. Juan le cubrió los hombros con uno de sus brazos y casi riendo volvió a hablarle: -¿Viste Vieja, que las tramperas sin queso también funcionan? ¡Y si no, que lo diga esta rata!- y como al descuido continuó mordisqueando el último trozo de una cáscara de gruyere, en un orgulloso desayuno.

 

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Un simple drama de miseria

Ricardo Álvarez Morel


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