Revista de creación literaria

Cada vez que por mi ventana yo la veía pasar sin que sospechara que mis ojos le desvestían el cuerpo y el alma, jamás tuve esa imagen de ella. Jamás. Y como develé en sus ojos de cielo el amor, pude descubrir ahora, un dolor esencial. Su taconeo gentil, su piel brillante, su perfil de princesa y a la vez, de guerrera invulnerable, se convirtieron en sombras, en nimios recuerdos, todo lo opacaba aquel rastro de mal que verticalmente le desgarraba la cara.

Me refugié tras un muro mohoso, y ella, igual, con sus ensortijados cabellos, vueltos una maraña de nada. Por mi cabeza pasó la idea de acercarme a ella, de brindarle afecto, el afecto que le habían robado. Pensé si no sería la ocasión exacta para develarle el misterio de amor. ¡Misterio de amor! Amor de esa especie en estos tiempos de cólera, de sangre, de sometimiento, de impiedad. Sonaba ridículo, absurdo, ilusorio. Pero yo la amaba, como se ama sin pensarlo, sin ni siquiera saber su nombre. Uno no ama un nombre. Eso me quedó en claro, como me quedó muy en claro que el amor duele, desgarra, muta, premia, desestabiliza, ennegrece, turba, enaltece, idiotiza, vulnera, mata y como tantas otras cosas, permanece o se olvida.

Fueron pocos los minutos que pasaron hasta que ella rompió el silencio sepulcral de la calle muda, con un llanto de odio. Arremetió a puñetazos contra el zaguán negro, como el día, hasta que una voz aguda y asquerosa la detuvo. Hubiese llevado el nombre que fuese, iba a sonar a música en mis oídos. Aquella voz jamás tuvo rostro, pero tuvo todo el desprecio. Humillarla a ella, como era posible, si ella podía merecer cualquier elogio, cualquier cursilería, cualquier padecimiento, como el mío, en secreto, pero no aquellos exabruptos que la terminaron de destruir. Pareció un discurso mediocre, burdo y seco, que no tuvo pudor en callar. Pero la voz calló, de repente. Aquella verborrea desesperada terminó de agotar su voz. Volvió a sentarse en el zaguán negro y yo seguía tras el muro mohoso. Del zaguán siguió su marcha por la elevada calle que la llevaría hacia…quien sabe donde. Bajó la guardia. De puñetazos, llantos y gritos, a la espantosa soledad del desamor. Se perdió por la espesura nocturna. La noche ya había tendido su velo de estrellas. Estrellas en el cielo, espinas en el alma. Despojada de aquella magnificencia estética, de aquel aspecto místico, se fue con la rabia a cuesta y el dolor rasgándole el pecho.